Archivo de la categoría: sexo

La historia de Pavarti y Shivá

Cuenta la leyenda que Pavarti, hija de Hima-vat ( “el que tiene nieve”), pidió en una ocasión ayuda a Kamadeva, el dios alado con la cabeza llena de flores, para que con sus flechas consiguiera que Shivá se enamorara de ella. Kamadeva, muy solícito, accedió a los deseo de la hija de la montaña, que es lo que significa su nombre, con tan mala suerte que, cuando lanzó su dardo, pilló a Shivá en plena meditación. Tal fue el enfado del dios destructor por haberle interrumpido, que abrió su tan temido tercer ojo y convirtió a Kamadeva en cenizas. El tiempo hizo que Shivá cayera enamorado de Pavarti y, cuando hubo ocurrido, ésta le pidió que resucitase al dios de la cabeza de flores porque con su muerte había desaparecido el deseo sexual en el mundo, lo que ponía en peligro de supervivencia los humanos. Shivá, enamorado, venció su furia e hizo caso a Pavarti, pero decidió que la resurrección de Kamadeva fuera espiritual, no corpórea. Así lo hizo y con esto nació una de las enseñanzas de Shivá a la humanidad: los seres humanos debemos valorar el estado mental del amor por encima de la lujuria física. Hoy, 3 de abril de 2014, comienza mi viaje a India.

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Mi memoria de sus putas tristes

Memoria-de-mis-putas-tristesEsperaba leer una bandada de mariposas amarillas marcándole el destino a alguno de sus personajes; pensaba que encontraría una ascensión mariana; un pueblo inexistente. Algún signo que me dijera: Gabriel García Márquez, el amo del realismo mágico. Pero no encontré nada de eso.

En su lugar me encontré al protagonista, un nonagenario, que se cree capaz todavía de cumplir con una hembra. Y a la hembra, una niña de catorce años, obligada a cumplir con el nonagenario. Éstos son los protagonistas de Memoria de mis putas tristes, una de las novelas, desde mi punto de vista, sentimentalmente más delicadas, en cuanto a compleja, de García Márquez.

El argumento se plantea claramente, y en primera persona, desde el principio, a bocajarro. A mí, particularmente, me desagradó. Me aterró imaginarme a un señor que, el día de su 90 cumpleaños, decide darse un homenaje y acostarse con una niña.

No sé si asco es la palabra que mejor describe lo que sentí durante la primera parte del libro. Podía imaginarme perfectamente a ese señor, periodista, alto, corpulento, medio encorvado, putero y, según él, con “un miembro como un caballo”, avanzando sudoroso, jadeante y lento por el pasillo del burdel. Y podía imaginarme a la niña, con catorce años, delgadita, morenita y tumbada en un camastro, esperando sedada a que un viejo la desvirgara.

“Aquella noche, descubrí el placer inverosímil de contemplar el cuerpo de una mujer dormida sin los apremios del deseo o los estorbos del pudor”.

Sin embargo, conforme avanzaba la historia, en tiempo y en páginas, comencé a plantearme un problema moral. Poco a poco el protagonista empezó a despertarme un sentimiento de compasión profundo, cuando el asco, la angustia y la náusea, desaparecieron. Estaba ante un personaje a priori patético, completamente degenerado; un personaje que había tenido la sangre fría de desnudarse lentamente y prepararse para meterse en la cama con una cría que podría ser su bisnieta. Un personaje que representa una lacra más allá de esas páginas. Sin embargo, me daba pena.

Empecé a verlo desvalido cuando descubrí sus sentimientos, entre ellos el amor, que en este caso, le humanizaba en vez de animalizarle. Se mostraban sus miedos, la cercanía de su muerte, sus ilusiones, sus recuerdos, su lucha por mantenerse vivo… Su insignificancia. Es un personaje que termina completamente abierto en canal y servido en bandeja,  para el lector haga con él lo que quiera: descarnarlo a sangre fría o compadecerse.

Quedarse en el primer estadio del libro, en el del asco, es renunciar a viajar por la historia de amor de un hombre al que la vejez le impide seguir siendo hombre; pero que todavía conserva el corazón intacto. Que todavía es capaz de sentir amor, aunque no haya vigor. Y que lo encuentra más allá del placer carnal, lo halla en la contemplación del otro. Renunciar a pasar de estadio es perderse los sentimientos de un personaje que sabe que vive en días prestados.

A lo largo de estos años he leído el libro tantas veces que he perdido la cuenta. Y cada vez que lo repaso, me reafirmo en lo que pensé cuando lo acabé por primera vez: los grandes escritores son aquéllos que consiguen ponerte en jaque.

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La amiga filósofa de mi abuela

la-anciana

Hoy ha venido a visitarme una amiga de mi abuela. La he visto aparecer con su garrota y una bolsa de carne colgada de la muñeca. Venía a verme, a ver qué tal estoy en Madrid, ha dicho. Debería ser al revés, tendría que haber ido yo a visitarla a ella, pero las visitas están en peligro de extinción. Ahora con un whatsapp solucionas la papeleta pero claro, te pierdes momentos.

Desde que ha entrado por la puerta me ha dado una lección filosofía y de postura ante la vida que no podría pagar ni con todo el oro del mundo. Estaba desayunando cuando ha venido.

-¿Qué desayunas, Caminito?

-Un café con leche.

-¡Chorras! Menuda panza vas a poner… ¿Sabes qué he desayunado yo? Un chorizo y una mondarina.

-¡Qué dices!

-Sí, hija mía. Y si no, no me puedo poner en pie… ¿Qué te crees? Si estoy ya viejisma.

En quince minutos que ha estado en casa, veinte a lo sumo, me ha relatado casi toda su vida. ¡Hasta de política hemos hablado! “La vida está muy mal, chica”, me decía. “A mí matar no me gusta, ni que maten. Ahora, que roben a los ricos para dar a los pobres, sí. Si por mí fuera, dejaba a tos estos señoritos sin un duro”.

Yo qué queréis que os diga, aplaudí por dentro. Quizás, si fuera más valiente de lo que soy, me cargaría a más de uno pero he nacido cobarde. Ahora, todo es ponerse. “Y no te fíes ni de unos ni de otros, que los políticos son como los tíos: cuando quieren trajín, bien que te hacen la planta, y en cuanto los eligen, te dan por culo. Y ¿qué haces? Si todos son igual… Es como dice el refrán: De molino cambiarás pero de ladrón no te librarás“.

Supongo que el símil sodomita hizo que pasara de la política al sexo. Hace tiempo que cumplió los 80, así que no utilizaba un lenguaje muy claro, pero no por eso era menos eficiente.

-Chica, yo ya tuve al pequeño vieja y porque mi marido se “descuidió”.  Pero yo no me enteré, qué quieres que te diga, porque nunca me he enterao. Ni siquiera en ese momento que dicen que es tan bien, tan bien… na. Un tontuno. Eso no es ná. Y porque a mí nunca me ha gustao “el oficio”, si no, habría tenido 17 porque estos hombres no tenían conocimiento ni contención ninguna.

¡Ahí me dejó patitiesa! Me hizo gracia porque escuchar hablar de sexo a una mujer de esa edad y en esos términos tiene su aquél, pero también es cierto que me dio lástima. Menos mal, pensé, que no nací en esa época, si no me habrían quemado por “oficiosa”.

Me dijo muchas más cosas de las que no me acuerdo. Me hubiera gustado grabarla mientras hablaba, pero no tenía el móvil a mano (ese caso entre un millón en el que no lo tengo a mi alcance). Se fue renqueando, con la garrota, la pelerina y su bolsa de carne colgada de la muñeca. Antes de bajar los escalones me dijo: “Te veo muy bien. ¡No engordes más! Tampoco adelgaces. Así estás bien. Porque las modelos éstas que dicen son piel y huesos y eso no le gusta a ningún hombre. Bueno, ni a ningún hombre ni a mí, ¡qué chorra!”.

La próxima vez que venga a casa, tengo que hacer una visita.

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Matrimonio, a secas

Ayer el Tribunal Constitucional falló a favor del matrimonio homosexual (no voy a hacer apreciación alguna respecto al término “matrimonio” porque cuando se tiene una clase política que utiliza como utiliza la retórica, debatir esta cuestión me parece obsceno). Siete años ha costado que unos señores se pronuncien sobre la constitucionalidad o no de casarte con quien quieras independientemente de lo que esa persona tenga entre las piernas (y empleo el verbo “querer” como sinónimo de “amar” y de “tener voluntad”).

Lo que quiero exponer en este post es otra cuestión. Siempre me ha chocado que haya que casarse para “formalizar” una relación que va más allá de un papel. Desde mi punto de vista es un intento de privatizar la intimidad, y con ello digo: limitar la libertad de amar a alguien permitiendo que un tercero, como puede ser un juez, decida a todos los efectos qué límite se pone a tus sentimientos. Pero no voy a discutir sobre la “cosa privada” ni lo íntimo, porque no es lo que nos ocupa. Sobre todo porque, visto así, lo de ayer más que un motivo de alegría, sería un ejemplo más de los límites que establecen las instituciones. Por ello, esta reflexión la voy a dejar aquí aparcada, aunque escrita.

Lo que ocurrió ayer vino a demostrar, una vez más, que en la desobediencia está el éxito. Hace poco alguien que me está enseñando muchas cosas decía: “La clave está en desobedecer”, y tiene razón. Durante años, los sentimientos y los impulsos desobedecieron a lo establecido. Las niñas se rebelaron ante la pregunta: “¿Qué niño de clase te gusta?”; los chicos dijeron que el color azul no les representaba; y ambos, hombres y mujeres, le sacaron la lengua al hecho de tener que elegir entre enamorarse de unas o de otros, optando simplemente por amar a personas tanto dentro y fuera de la cama; o simplemente dentro, que tampoco es tan grave.

Me resulta triste que lo que quiera que sea “El Poder Judicial” tenga que escribir en un papel que es legal algo que, desde mi punto de vista, excede a su competencia. Me resulta invasivo que alguien se manifieste contra la legalidad de una cuestión tan íntima como los sentimientos que puedas tener por otra persona; me resulta igual de invasivo como juzgar el hecho de que alguien decida rezar por las noches porque cree que así entrará en el reino de los cielos. Sin embargo, poca gente se plantea que casarse es pasar a formar parte de una institución del mismo modo que ser bautizado es entrar a formar parte de otra, con la única diferencia de que, afortunadamente, en este país te casas de forma voluntaria (especifico lo de “en este país” porque hay culturas en las que es una obligación), mientras que cuando te bautizan lo hacen decidiendo por ti. Sin embargo, la decisión de firmar un papel para oficializar una cuestión íntima es la misma, independientemente de quién la tome, porque éste es otro debate.

Por eso, si me preguntan si estoy contenta o no con la decisión de ayer, he de decir que depende. Por una parte me resulta triste porque este fallo implica que todavía alguien tiene en su mano decidir si prevalece el hecho de con quién podemos compartir nuestra vida sobre el hecho de con quién queremos compartirla. Por suerte, el fallo ha sido positivo, pero podría haber sido al revés. Sin embargo, por otra parte estoy muy feliz porque, en el fondo, estamos hablando de sentimientos y por fin, en esta sociedad para lo que “lo legal” es a veces tan importante y otras baladí, hay escrito en algún lugar que todos tenemos derecho a elegir con quien queremos compartir nuestra vida para siempre, o a ratos.

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