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Réquiem por La Puerta 10

Mis vecinos se han separado. ¿Recordáis a los protagonistas de La Puerta 10? Ya no están juntos. Lo supe hace quince días cuando volví de pasar tres semanas en casa de mis padres. Ya no olía a porro en el rellano (en las últimas semanas alguno de ellos se había encomendado a la marihuana) y ahora la única puerta que no tenía felpudo era la suya. Me lo habían regalado.

Miré el felpudo a los pies de mi portal y miré el suelo desnudo a los pies del suyo intermitentemente. Por un momento pensé qué les habría llevado a dejarme ese regalo. ¿Querrían que me limpiara los pies antes de entrar en casa y dejar fuera los demonios que ellos no pudieron evitar que se colaran en la suya? Podría ser una buena metáfora. De ser así sería un regalo magnífico.

Cuando me fui a pasar esos días a casa de mis padres la vida al otro lado de la pared de mi dormitorio estaba en paliativos. Casi no oía sus conversaciones, tampoco sus discusiones. En cuanto a las reconciliaciones, hacía tiempo que ya no traspasaban el tabique. Intuyo que habían llegado a una tregua: nada de portazos, nada de insultos, nada de nada. Tan solo un: “Vas muy guapa” que robé a su intimidad, a través de la mirilla, un día mientras esperaban el ascensor.

Anoche, cuando fui a abrir el buzón, vi que en el de ellos ya no estaba su nombre. Estaba abierto. Levanté la tapa y ahí yacían todas las cartas, esas que todavía seguirán llegando hasta que formalicen su ruptura sentimental con la compañía telefónica, con el banco… Cuando dejé caer la tapa tuve una sensación similar a la que, supongo, debe tenerse al enterrar a alguien tras mucho sufrimiento, algo parecido a un: ya han descansado.

Espero que os vaya bien y seáis más felices separados que juntos.

PD. Mientras escribía este post anoche, al otro lado del tabique, en la puerta 12, estaban tocando una canción preciosa. Mi otro vecino cantaba de fondo.

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Love Wins

“A Chloe le gustaba Olivia…, leí. Y entonces me di cuenta de qué inmenso cambio representaba aquello. Era la primera vez que en un libro a Chloe le gustaba Olivia”. Virginia Woolf, Un cuarto propio.

 

Anoche me acosté con una ligera idea de lo que había ocurrido a 6.094 kilómetros de distancia aproximadamente. Esta mañana, al despertarme y consultar las redes sociales, he visto que era una realidad. El Tribunal Supremo de Estados Unidos por fin ha legalizado el matrimonio entre personas del mismo sexo, una decisión con la que ganamos todos, incluido el amor, ese que dicen que siempre gana.

EnLaPalmera lo celebramos con mucha alegría y con un maravilloso poema de Safo, poetisa a la que dos siglos después de su muerte Platón se dirigió como la décima musa, y cuya poesía en relación a su amor y atracción sexual por las mujeres, de una perfección formal e intensidad indiscutibles, dio lugar a términos como “lesbianismo” o “safismo”.

Este post está dedicado a Federico García Lorca, a Luis Cernuda, a Vicente Aleixandre (Premio Nobel). A Marguerite Duras, a Mishima, a Gil de Biedma, a Terenci, Gide, Walt Whitman. A Virginia Woolf, a Susan Sontag… y al resto que, donde quiera que estén, estarán bailando.

 

poemas safo

 

Pasión

Un igual a los dioses me parece

el hombre aquel que frente a ti se sienta,

de cerca y cuando dulcemente hablas

te escucha, y cuando ríes

seductora. Esto -no hay duda- hace

mi corazón volcar dentro del pecho.

Miro hacia ti un instante y de mi voz

ni un hilo ya me acude,

la lengua queda inerte y un sutil

fuego bajo la piel fluye ligero

y con mis ojos nada alcanzo a ver

y zumban mis oídos;

me desborda el sudor, toda me invade

un temblor, y más pálida me vuelvo

que la hierba. No falta -me parece-

mucho para estar muerta.

(Traducción de Aurora Luque para Acantilado Quaderns de Crema).

 

PD. Ahora las Chloe y Olivia de Virginia Woolf podrían casarse en cualquier lugar de USA, incluido el pueblo más recóndito de Iowa.

 

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Al otro lado está “Mañana”

Hoy mi casa está en silencio. Casi no se escuchan los coches que pasan por la calle. No suena el timbre, la lluvia debe haber intimidado a los repartidores de publicidad, a los carteros… Las gemelas del D no lloran ni corretean porque están en el cole y no hay música de fondo. Últimamente no pongo música. Tan solo se escucha el sonido del teclado, producto de una conversación que estoy manteniendo.

Finaliza la conversación. Nos despedimos. Dejo de pulsar las teclas. Me dispongo a hacer una maleta. En ese instante oigo de fondo la voz de una mujer que canta. Una voz clara, casi infantil. Joven. Ingenua. Es una vecina. No sé si es la vecina de abajo, la madre de las gemelas o la chica del B, a la que solo he visto una vez en un año.

Me planto en medio del salón y cierro los ojos. Trato de averiguar de dónde viene esa voz. Alguien la acompaña con una guitarra. Giro ligeramente el cuello hacia la izquierda. Me acerco descalza, a hurtadillas, como si estuviera en casa ajena y alguien pudiera oír mis pasos. Pego la oreja a la pared. Más allá del frío del tabique están cantando.

Reconozco la canción. Conozco su letra.  Se me llenan los ojos de lágrimas. La tarareo. La canto, a medio susurro, con ellos. Desde el otro lado. Por causalidad.

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