Llegó el día. Ya podemos bailar

Hay que ver, cómo es la vida. Llevo tres años menos tres días esperando una noticia que creía que no iba a llegar nunca (de hecho, hace unos días me preguntaba si el próximo año a estas alturas habría llegado ya).

La mejor noticia que me han dado en toda mi vida (hasta ahora) me ha pillado con el catarro vulgaris más virulento que he tenido jamás, llena de mocos y con unas ojeras hasta el suelo porque esta noche casi no he podido dormir. Ha aparecido en mi correo en forma de mail, cuando siempre pensé que sería como en las películas, en forma de voz engolada. Lo he leído un mínimo de quince veces. No lo creía.

Me ha pillado en el trabajo, por lo que no he podido gritar como pensé que gritaría; ni saltar como pensé que saltaría. Sólo he podido emocionarme un poquito, no demasiado, y llorar de alegría unos segundos sin que nadie se diera cuenta porque, al pillarme además sin maquillar, no se me ha corrido el rímel.

Ahora sí, ya se acabó. Ya podemos bailar. 

 

Pd. Esta canción está dedicada a las mujeres que luchan desde la verdad, la honestidad y que no pierden la esperanza; a la gente que les acompaña en el camino y a ti.

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Feliz cumpleaños, guardián de almas

Hoy es el cumpleaños de Mario, mi amigo Mario. Con Mario la palabra amigo adquiere una connotación etimológica. Etimológicamente, amigo procede del verbo latino amareque significa amar; incluso se vincula con la voz indoeuropea amma, que es como los niños llamaban a las madres. Incluso hay una versión poética que vincula amicus con animi (alma) y custos (custodia). Me parece tan maravilloso este último desarrollo que es sobre el que voy a elaborar esta entrada porque, si algo es Mario, es el custodio o guardián de mi alma. 

Hoy, como decía, cumple años mi amigo, y si ya un cumpleaños es motivo de celebración, en este caso estamos hablando de un gran motivo de celebración o de un motivo de gran celebración. Podría recordar mil vivencias que hemos compartido para homenajearle (porque a las personas como Mario se las homenajea), pero me voy a limitar a contar (sin su permiso, claro está) un par de cosas sobre él.

Mario es un amante profundo de Federico García Lorca, tan amante y tan profundo que todavía hoy, y tras muchos años, cuando veo en su casa esa foto de Lorca pienso que es él o algún antepasado suyo. Es una décima de segundo, pero siempre siempre siempre tengo esa misma sensación.

A Mario le encanta compartir sus buenos momentos (y los malos también), no por exhibición, sino por lo que implica la palabra compartir. Por eso, si sus momentos son buenos, nos da un pedazo de esa alegría para hacernos la vida más llevadera; y si no lo son tanto, nos da un pedacito de esa tristeza, y así son más llevaderos también.

A mi guardián del alma le sonríe la vida porque él le ha sonreído aunque, a veces, le haya jugado malas pasadas. Le ha sonreído con esos dos hoyuelos que se le forman en las mejillas cuando ésta ha sido amable con él; y ha terminado riéndole a carcajadas (primero con la boca cerrada, de carcajada contenida; y luego abiertamente, que es como se rie él) cuando ha decidido sorprenderle con algún requiebro.

Mi amigo Mario enseña a sus amigos a amar la vida, a vivir como si fuera el último día. Sé que muchas veces sus conversaciones o sus reflexiones son un monólogo interior que proyecta más allá de su garganta. Y es ahí, de la forma más altruista, cuando nos da los mejores consejos porque está abierto en canal.

Es verdad que nadie es imprescindible en la vida, pero mi vida habría estado inconscientemente coja si Mario no formara parte de ella; mis tristezas habrían sido más tristes si no me hubiese abierto su casa y su sofá cama; y los atolondramientos y mala baba que algunas veces se gasta esta vida habrían sido menos llevaderos si él no hubiese llamado para decir: “te invito al teatro”; o si yo no me hubiese cortado el pelo tantisísimo para decirle: aquí estoy para acompañarte (no sé si esto se lo he dicho alguna vez). Al final, estoy pensando, querer tener cerca a Mario es una cuestión de egoísmo y supervivencia.

Aquí os dejo su último libro, el libro con el que demuestra que estas cuatro letras que le he dedicado son un grano de arena en un desierto inmenso y lleno de virtudes. Un libro con el que dijo Hola cáncer hace un año y medio a un monstruo que apareció en su vida sin saber que estaba frente a un guerrero.

Nota: Mi amigo Mario es para los desconocidos Mario Suárez, un periodista magnífico y un escritor fabuloso. Devoto de nuevos artistas y, aunque él no lo sepa, etapa imprescindible en esta carrera por mostrar la calidad entre esos nuevos artistas e ilustradores que está hirviendo en este país.

Disculpad si me he excedido en cursilería, pero soy de naturaleza cursi y Mario es capaz de sacar lo peor de mí (casi siempre).

Y tú: espero que puedas perdonarme el atrevimiento.

 

9788416177967

 

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La noche en la que Pérez Reverte me hizo flotar

Hace un par de noches soñé que flotaba tras muchos meses en los que, intentando volar, lo único que había conseguido es sobrevivir a una caída desde los cines Callao. 

Hace un par de noches me vi en una callejuela. Visto desde la vigilia bien podría haber sido una pesadilla. Abrí un portón con llamador grande, llamador al que hice caso omiso porque entré sin llamar. Anduve a lo largo de un pasillo ensombrecido y sombrío hasta llegar a una puerta que le ponía fin.

Entré sabiendo que estaba participando en un juego y que entraba en un libro de Pérez Reverte. Algo me encogió el corazón porque Pérez Reverte no está entre mis escritores favoritos, por lo que temí no poder adivinar en cuál de sus libros estaba (de eso se trataba el juego). No obstante, tan pronto como entré en la habitación, supe que había llegado a La Piel del Tambor.

Era una habitación asfixiante, sin ventanas y pequeña. Las paredes eran amarillentas y estaban acolchadas porque habían sido tapizadas con esmero. Comencé a saltar y cuál fue mi sorpresa cuando me di cuenta de que flotaba. Salté y salté con la tranquilidad y emoción con las que se salta en un espacio sin gravedad. Saltaba de un lado al otro con tanta confianza que hasta conseguí dar una pirueta.

De ahí salí a la callejuela de nuevo. No recuerdo cómo ni tampoco la razón. Sólo sé que, de repente, fui consciente de que estaba soñando y que había flotado. Todavía en el sueño supe que flotar es un paso previo a volar y me puse muy contenta porque llevo muchos años esperándolo.

Lo cierto es que no entiendo qué pintaba Pérez Reverte en mi sueño ni por qué me hizo flotar, pero le doy las gracias y le digo que, a partir de ahora, leeré sus libros con otros ojos. Prometido.

 

espacio

Dibujo de Aitor Sarabia. Colección disponible en aitorsarabia.com

 

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El taxista con la novia de Círculo de Lectores

“Mi primer profesor de Historia del Instituto fue un cura que se saltó la Revolución Rusa porque consideraba que era un periodo poco relevante, pero después llegó Don Gregorio, que apoyaba el culo en la esquina de la mesa y no cerrábamos la boca hasta que sonaba el timbre”.

Me lo contaba un taxista ayer a mediodía. Le pillé en la parada, leyendo en un libro electrónico. Arrancó e intentó iniciar conversación. Pasados unos metros me dijo: “Estoy muy enfadado, mi ebook no funciona”.

Comenzamos a hablar de Literatura. Él, cuya pareja había trabajado en Círculo de Lectores durante muchísimos años, tenía las estanterías de casa llenas de libros en papel, “pero esto es mucho más cómodo y puedo ampliar la letra todo lo que quiera porque tengo problemas serios de visión”. Teniendo en cuenta que iba al volante, este comentario me alertó ligeramente.

Zalacaín el aventurero, de Pío Baroja, fue el primer libro que leyó en el Instituto. “Me encantó. Es lo único que he leído de él”. Yo aproveché para rememorar mi paso por El árbol de la Ciencia. Le fascinan los libros de historia novelada y todavía recuerda lo que le recorrió por el cuerpo cuando empezó a leer El Señor de los Anillos.

Hablamos de Momo, que me lo recomendó “porque La historia interminable es bonita, sí, pero Momo es uno de los libros más bonitos que han caído en mis manos”. Hablamos de La lluvia amarilla, de Ainielle, de la habilidad para la melancolía de Julio Llamazares y de su maravilloso humor (esto él no lo conocía, pero yo sí). Vázquez Figueroa “¡qué tío! Los sube antes en digital que en papel” y Ruiz Zafón “oye, que me impresionó con La sombra del viento porque tienes de todo, misterio, amor, ficción…”

-Tiene una capacidad narrativa fantástica. Es una novela redonda.

-Rendondísima. Claro, que luego todo lo demás te sabe a poco. Tenemos buenos escritores en España -contestó.

Cuando llegué a mi destino le había hablado de mis profesores de Literatura del Instituto, de cómo me impresionó leer Las penas del joven Werther a los doce años y sobre cómo leí en dos sentadas Anna Karenina “porque quizás los rusos sean los mejores narradores. Las revoluciones poco relevantes suelen ahondan en la calidad retórica”, terminé concluyendo antes de bajarme.

Moraleja: siempre que puedas, habla de Literatura con desconocidos.

 

 

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La buena vida en 2016

Anoche me desperté dándole un beso en la nariz, me acurruqué y seguí durmiendo. Esta mañana me he puesto muy contenta al levantar la persiana y ver que el último día de 2015 traía niebla y lluvia. He intentado dibujar la cicatriz que tendré en unos días para hacerme a la idea (no creáis que termina de gustarme esta idea). He desayunado sentada en una encimera que todavía no sabemos si soporta mi peso, pero el caso es que todavía no se ha derrumbado. Me he limpiado la cara y he salido de casa sin maquillar, dándome cuenta en el ascensor que tenía mala cara, pero que a mis treinta y cuatro no tengo el cutis tan mal. Me he ido a la estación con el tiempo pegado porque había remoloneado durante mucho tiempo antes de levantarme y el desayuno había durado una hora. Una hora para una taza de café cortado.

He estado tarareando para mí, durante una hora y cuarenta y cinco minutos que ha durado el viaje en bus, “My way”, de Sinatra, que por cierto he bailado en dos ocasiones a lo largo de este año. Cuando he llegado a mi destino estaba esperándome mi hermano, que es la persona a la que más quiero en esta vida. En casa estaban mi madre, terminando de freír un huevo porque hoy tocaba arroz a la cubana y chorizo (en La Mancha todo lo completamos con un chorizo), y mi abuela. Anís me ha dado la bienvenida poniéndose boca arriba y arañándome las manos de arriba a abajo.

Nos hemos echado todos una siesta (mi padre también, que ha llegado tarde de trabajar). Anís se ha subido en mi cadera y, ahí acurrucados en la manta de coralina, nos hemos quedado fritos mientras sonaba de fondo un documental sobre una conspiración en Estados Unidos.

Y la buena vida es esto, queridos. Espero que 2016 me reserve muchos días así. Ahora os dejo, que me voy a ayudarle a mi madre a pelar langostinos.

FELIZ AÑO.

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Feliz No 150 Aniversario, pequeña Alice

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En realidad, el Señor Carroll se llamaba Charles Lutwidge Dodgson y era un tipo algo extraño. Miembro de una familia inglesa (con trazas irlandesas) volcada en la Iglesia y el Ejército, se educó en un ambiente de corte intelectual profundo y de normas rígidas.

Su conocimiento y pasión por fotografiar niñas pasaron inadvertidos en su día, aunque no tanto años más tarde cuando, ya convertido en un genio literario, se barajó la posibilidad de que su inclinación se debiera a alguna desviación sexual (algo que varios académicos han negado ya que, al parecer, en la época victoriana retratar niñas semidesnudas era símbolo de inocencia).

Sea como fuere, el Sr. Dodgson no se hizo inmortal por su maña fotográfica, con la que consiguió entrar en la alta sociedad, sino con Alice’s Adventures Under Ground, un cuento escrito e ilustrado durante una noche de verano de 1862 y donde reproducía la historia que ese mismo día había improvisado ante la pequeña Alice Liddell en una excursión por el Támesis.

Tres años más tarde, en 1865, Dodgson llevó el manuscrito y “manuilustrado” a una editorial y terminó publicándose bajo el título Alice’s Adventures in Wonderland, llegando hasta nuestros días.

 

Exposición en el Museo ABC

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Este año se cumple el 150 aniversario de su primera edición. A lo largo de estos meses he podido ver decenas de artículos que intentan bucear más allá de la historia; que analizan matemáticamente los renglones; que se basan en teorías neurológicas que ayudan a comprender las paradojas semánticas del texto, e incluso que ven en ella una crítica política atroz. También he visto exposiciones y ediciones especiales. Es más, Alicia ha protagonizado alguno de mis grupos de whatsapp y, en muchas ocasiones, me he sentido tan desconcertada como ella tomando té con la liebre y el Sombrerero Loco.

En los últimos años he leído teorías semióticas muy profundas sobre cada uno de los personajes; e incluso en la Universidad he descifrado subcódigos, paradojas, juegos de paralenguajes o elevaciones de niveles comunicativos que no han hecho más que llevar al cenit esta obra que, no sé si sí o si no (si en la locura o cordura del autor), fue concebida como una auténtica maravilla literaria.

Todo esto es para deciros que mañana, 17 de diciembre, el Museo ABC (Madrid), inaugura la exposición “Feliz no cumpleaños. 150 años en el País de las Maravillas”. Una exposición de corte ilustrativo en la que veremos trabajos de artistas como los que ilustran este post y que pertenecen a Benjamin Lacombe, Rébecca Dautremer, Ana Juan o Emilio Urberuaga,  entre otros. En ellos se recrearán las escenas y personajes más emblemáticos, e incluso nos mostrará qué opina la Reina de Corazones de todo esto.

Espero que no os la perdáis, no todos los años pasan estas cosas. Como diría el conejo: “¡Llegáis tarde!”.

Feliz No 150 Aniversario, pequeña Alice.

 

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El Día Mundial de las Píldoras Azules

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Hace algo menos de un año, unos diez meses, una amiga me regaló el cómic Píldoras Azules”, de Frederick Peeters. Traía una dedicatoria que no viene al caso, pero que me invitaba a no ser tan quisquillosa.

Mi intención era leerlo en una tarde de sofá, pero terminé devorándolo en una hora de una tarde en el sofá (también terminé llorando como una Magdalena).

No quiero contar nada sobre este cómic más allá de dar el título, recomendarlo fervientemente y decir que hoy, Día Mundial de la Lucha contra el SIDA, es un buen momento para llevarlo a vuestras estanterías.

 

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La madriguera de Alicia

Ilustración de Isabel Torner Aparicio

Ilustración de Isabel Torner Aparicio

“La miro porque me hace feliz mirarla”, me decía. “No es nada sexual. Sólo me hace feliz mirarla”.

La escuchaba desde un rincón en un rincón de El Rincón, en la calle Espíritu Santo. Sus manos acompañaban a sus reflexiones. Sus ojos, azules y con unas pupilas completamente dilatadas (no sé muy bien si por la escasez de luz del lugar o porque son así), parecían la madriguera de Alicia: un agujero que podía llevarte a un mundo fantástico. Caerse por sus pupilas y ver qué guarda en su interior y por qué ve las cosas como las ve, debe ser fascinante.

Muestra una aparente fragilidad. Su piel es muy fina, blanca, casi transparente. Las puntas de sus rizos rubios, tapados casi en su totalidad por un gorro de lana, asomaban como pequeños tentáculos para quedarse pegados en su cara angulosa, de actriz de los años treinta. “Habría podido pertenecer, perfectamente, a la pandilla de Marlene Dietrich”, he pensado en alguna ocasión.

Una copa de vino tinto y un vermut nos acompañaron durante una conversación en la que hablamos de amor, principalmente, y de desamor; y, por lo tanto, de crecer. También hablamos de sueños, pesadillas, ondas cerebrales y diapasones.

Ocho fueron las veces que conjugó el verbo “llorar” y, en una de ellas, los ojos se le llenaron de lágrimas que no llegaron a caer. Supongo que se las tragó, en remolino, la madriguera.

Espero que pronto encuentre una pértiga que le haga saltar por encima de los malos momentos y seguir caminando. Espero que pronto vuelva a grabar, ahora que ha encontrado ese lugar del que me habló, de alfombras interminables, y del que nadie quiere irse. Espero que pronto encuentre a esa chica con la que quiere casarse. Es posible que ya la conozca y, como dice José Luis Pardo en el inicio de La regla del juego, el cambio ya haya empezado.

<SoloAElla> Quién sabe, puede que sea la chica del gimnasio. ¡Háblale! </SoloAElla>

 

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El día que empezó creyendo haber visto a Millás

Esta mañana todo era normal: me ha costado levantarme, he puesto música, he recibido y enviado unos whatsapp, y he decidido que hoy tocaba vestido.

He salido de casa con el gustito que da notar el aire frío en la cara y saber que el invierno está cerca y que, quizás, uno de estos días llueva. En esas estaba cuando me he cruzado en la puerta con un señor y su perro, un vecino con un parecido increíble con Juan José Millás. ¿Será él? ¿Seré vecina de Millás…? No es posible, no es posible…

Esas industrias tenía en la cabeza cuando, al cabo de cincuenta metros, he notado el crash, el crash de saber que las medias se estaban bajando. He mantenido la calma subiéndolas disimuladamente. “Estarán ajustándose”, he pensado, por lo que he seguido caminando. Al cabo de unos metros más he visto que la carrera que mis medias habían comenzado a lo largo de mis piernas era imparable.

Sabiendo que no podía continuar, he dado la vuelta dispuesta a ponerme otras. He de confesar que los cien posibles metros que me separaban de mi casa, durante los que he intentado sin éxito subirlas con disimulo, han sido los más largos de mi vida. Tanto en así que, en un acceso de desesperación, las he dejado caer (sabiendo que no irían más allá de las rodillas) y he entrado como una exhalación en casa, dejando al portero con la palabra en la boca.

Me lo he tomado a risa y, tras un cambio rápido, he vuelto a salir a casa ya segura de mí misma, segura de que estaba a salvo.

 

El eterno retorno

Pero la suerte es caprichosa y, ya habiendo bajado del bus, ya lejos de casa y sin posibilidades de volver, las medias nuevas han decidido solidarizarse con sus compañeras y emprender un descenso lento pero continuo.

Creedme si os digo que se me han comenzado a saltar las lágrimas mientras me miraba en cada portal por el que pasaba para comprobar que todavía no habían llegado a la línea roja. Instintivamente he acelerado el paso para llegar antes al trabajo (tengo 8 minutos de camino), pero he visto que eso no hacía más que acelerar la bajada. Por ello, he optado por reducir la velocidad, aumentando por tanto la agonía.

Mientras pensaba en qué gadgets de la oficina podía valerme para terminar con éxito el día (unas gomas, unos clips…) intentaba, disimuladamente, ir subiéndolas poco a poco para evitar que, en un golpe de efecto, terminaran de nuevo a la altura de las botas. Pero este método ha mostrado su nula efectividad cuando, cruzando un paso de cebra y con el único fin de evitar que me atropellara un coche, he acelerado el paso y, de repente, he notado que el frío se apoderaba de mis rodillas.

Sinceramente, no me ha dado tiempo ni a desear morirme de la vergüenza. La desesperación ha sido tal que, entre dos coches (y tras comprobar que venía gente por delante y por detrás, pero no tenía más remedio) me he parado para subirlas (tampoco demasiado, porque una tiende al pudor y porque, todo sea dicho, no contaba con demasiado tiempo hasta que pasara por ahí el siguiente oficinista).

He intentado hacerlo rápido, pero la ley de la causalidad y Murphy, que debía estar hoy ocioso, han hecho acto de presencia, cayéndoseme el libro al suelo y metiéndose debajo de uno de los coches. A punto de dar un grito, y sin encontrar una razón lógica por la que tenía a Susan Sontag en los bajos de un Renault, he tenido que arrodillarme en una acera nevada de polvo y paja para rescatarlo y seguir mi camino.

El trecho hasta el trabajo ha transcurrido entre la ensoñación, la incredulidad y la desesperación. Los metros recorridos se han convertido en kilómetros y mi único deseo ha sido no coincidir con ningún compañero para poder, tranquilamente, poner las medias en su sitio una vez hubiese llegado sana y salva al ascensor.

Afortunadamente, en esta ocasión, los dioses se han puesto de mi parte y ahora, sentada en una silla, y sin atreverme a ir a la máquina del café, os lo cuento porque a la vida hay que ponerle un poco de humor.

¡Buenos días!

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La chica del bus “extraviada”

Ha entrado en el autobús con cara de prisa. Se mueve en zig zag a pesar del gentío. Desde mitad del pasillo la veo acercarse. Tiene el pelo corto, castaño y una media melena que le tapa las orejas. Dos ondas suaves le enmarcan la cara. Si no fuera porque tiene los labios demasiado finos, creería que es francesa (no sé por qué lo de los labios). Su boca, entreabierta, hace muecas intermitentes entre los “por favor” y los “gracias”.

Llega a mi sitio, se coloca a mi espalda. En mi nuca, descubierta por el pelo recogido, noto la consecuencia del suspiro que acabo de escuchar y que informa de su llegada al lugar deseado: los últimos coletazos de una ráfaga de aliento. Muevo el cuello de forma inconsciente, como si acabaran de besarme.

Pocos segundos después comienza a quitarse un abrigo de verano. Mueve el bolso de mano y se deja llevar por un vaivén del autobús. Con sus tacones, marca los frenazos y mantiene el equilibrio.

Me roza.

Me roza con su bolso.

El autobús vuelve a parar. Sale más gente, entra más gente. Nos recolocamos como si fuésemos bolas en un recipiente. En ese proceso se coloca delante de mí, de espaldas, a dos palmos. Lo suficientemente cerca como para que me llegue el olor de su perfume.

Lleva un vestido de punto granate, minifaldero. Cualquier hombre heterosexual o mujer homosexual que estuviera en mi lugar estaría ahora mismo a punto de alcanzar el éxtasis, pero yo no, yo rezo. Rezo para que el conductor no frene porque, con sólo un paso que dé hacia atrás, sólo uno, me clavará su magnífico tacón de aguja en mis dedos desnudos.

(#ChicaDelBus que había quedado extraviada entre los borradores de EnLaPalmera de junio de 2014)

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