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Etílico*

 

*El vocablo “etílico” procede del griego /aither/, que tiene su origen en la raíz indoeuropea aidh- y significa “quemado”. De ahí nos llegan vocablos como “estío” o “estela”. No puede ser más bonito.

 

Cuando empecé a leer en Twitter a @lavozdelarra pensé que estaba ante un tipo de unos cuarenta años. No podía imaginar que tras esa fotografía de perfil con bastón y silla de terciopelo incluida se escondiera un veinteañero. Por eso, cuando una mañana de hace casi dos años mientras yo iba camino de Cibeles en el bus 34 y en sentido contrario a la marcha, mucho antes de conocernos y ponernos cara, me dijo que no llegaba a los treinta años, yo, que estoy a punto de llegar al ecuador de la treintena, me sentí más que enana y, sobre todo, vieja.

Nunca imaginé que alguien que tuviera un conocimiento literario tan amplio y tan fino, un olfato crítico tan agudizado y un blog (lavozdelarra.wordpress.com) en el que era capaz de resucitar hasta los miembros del personaje más amputado en cuerpo y alma, no hubiese escrito ningún libro. Por eso, desde la distancia o cercanía que da una red social como Twitter, le animé encarecidamente a que escribiera uno mientras él, con una modestia que sé que no era fingida, venía a decirme algo así como: “¡Y quién me va a leer!”.

 

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Cuando hace unas semanas, con dos copas de vino más una tapa de aceitunas separándonos (digo lo de la tapa porque no quiero que creáis que soy una Sylvia Plath cualquiera y el jugo cayó en estómago vacío), me habló de Etílico experimenté cierta excitación, que casi llegó al grado de sexual, con sólo pensar lo que tendría la posibilidad de leer.

 

 

Etílico, el libro de Carlos Mayoral, es un auto de Poe, Hemingway, Fitzgerald, Plath y Bukowski. Cinco escritores encadenados a la Literatura y al alcohol a partes iguales y cuya supervivencia íntima y literaria se hace pública a través de este autor. El libro se publicará en Libros.com, una editorial de crowdfunding que va más allá haciendo realidad obras de una calidad literaria y creativa exquisitas. Con este tipo de iniciativas tenemos la posibilidad de apoyar una tarea cada vez más ardua: conseguir que salgan a la luz maravillosas creaciones literarias que merecen un hueco en las estanterías físicas o virtuales.

Esta obra se encuentra actualmente en esta fase de búsqueda de mecenas y, desde aquí, os animo a que colaboréis para hacerlo realidad. En estos momentos, cuenta con 71 de los 150 mecenas necesarios para su publicación, y ahora tenemos la posibilidad de convertirnos en uno de ellos y conseguir entre todos llevar, ya no las novelas ni los textos, sino la pasión por la Literatura y sus creadores a nuestras retinas.

CONVIÉRTETE EN MECENAS DE ETÍLICO, que quiero que me queme las manos.

 

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Mari, su chico y Edgar Allan Poe

edgarMari y su chico empezaron a salir el 24 de mayo de 1998. Por aquella época yo estaba terminando 3º BUP y haciendo un hueco fuera de mi retina para la miopía, ya que tras los exámenes de junio, como si de una historia de realismo mágico se tratara, dejé de ver y tuve que ponerme gafas. Fue el precio que pagué por sacar la máxima nota en todas las asignaturas.

Ese fue el curso (porque entonces la vida se organizaba por cursos) en el que escuché hablar por primera vez de Antonio Muñoz Molina por boca de Paco, mi profesor de Literatura; y mayo el mes en el que me volví loca con el Ponendo Ponens, el Tollendo Tollens y Nietzsche.

Mientras todo esto ocurría en mi vida, Mari y su chico se enamoraban.

Quince meses después de ese 24 de mayo, hacía unas semanas que había regalado a mi amor platónico mi libro de La Colmena, que había leído tres veces, en cuyas pastas tenía escritas las mejores citas de los personajes y que él recibió de forma anecdótica,  sin saber el valor que tenía. También acababa de teñirme el pelo de negro azulado y había pasado unos días nublados con mis padres en la playa. Además, había superado la selectividad, tenía nota para estudiar Periodismo en la Complutense, estaba sacándome el carnet de conducir y había empezado a comer chocolate sin miedo.

Mientras todo esto ocurría, Mari y su chico continuaban su historia de amor.

El 24 de agosto de 1999, el día que mi hermano cumplía quince años, Mari le regaló a su chico las narraciones extraordinarias de Edgar Allan Poe, un libro que llegó a mí mucho tiempo después a través de una tienda de libros de segunda mano y cuya dedicatoria he visto hoy por casualidad mientras limpiaba el polvo, a pesar de haberlo abierto decenas de veces.

Supongo que el amor acabó entre ellos y él decidió deshacerse de su libro, sus once corazones y sus palabras.

 

dedicatoria

 

 

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