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Réquiem por La Puerta 10

Mis vecinos se han separado. ¿Recordáis a los protagonistas de La Puerta 10? Ya no están juntos. Lo supe hace quince días cuando volví de pasar tres semanas en casa de mis padres. Ya no olía a porro en el rellano (en las últimas semanas alguno de ellos se había encomendado a la marihuana) y ahora la única puerta que no tenía felpudo era la suya. Me lo habían regalado.

Miré el felpudo a los pies de mi portal y miré el suelo desnudo a los pies del suyo intermitentemente. Por un momento pensé qué les habría llevado a dejarme ese regalo. ¿Querrían que me limpiara los pies antes de entrar en casa y dejar fuera los demonios que ellos no pudieron evitar que se colaran en la suya? Podría ser una buena metáfora. De ser así sería un regalo magnífico.

Cuando me fui a pasar esos días a casa de mis padres la vida al otro lado de la pared de mi dormitorio estaba en paliativos. Casi no oía sus conversaciones, tampoco sus discusiones. En cuanto a las reconciliaciones, hacía tiempo que ya no traspasaban el tabique. Intuyo que habían llegado a una tregua: nada de portazos, nada de insultos, nada de nada. Tan solo un: “Vas muy guapa” que robé a su intimidad, a través de la mirilla, un día mientras esperaban el ascensor.

Anoche, cuando fui a abrir el buzón, vi que en el de ellos ya no estaba su nombre. Estaba abierto. Levanté la tapa y ahí yacían todas las cartas, esas que todavía seguirán llegando hasta que formalicen su ruptura sentimental con la compañía telefónica, con el banco… Cuando dejé caer la tapa tuve una sensación similar a la que, supongo, debe tenerse al enterrar a alguien tras mucho sufrimiento, algo parecido a un: ya han descansado.

Espero que os vaya bien y seáis más felices separados que juntos.

PD. Mientras escribía este post anoche, al otro lado del tabique, en la puerta 12, estaban tocando una canción preciosa. Mi otro vecino cantaba de fondo.

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La asesina de lágrimas

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Ilustración: Benjamin Lacombe

Hace muchos años, mientras andaba en casa de aquí para allá, se dio cuenta de lo mal que se comportaba con sus lágrimas. Cada vez que estas intentaban salir, ella rápidamente ponía su dedo índice en el lagrimal para contenerlas. En ocasiones, las menos, lo conseguía. Otras, a pesar de tener la yema de sus dedos en la puerta de salida, se esparcían por sus ojos saliendo disparadas en cuanto retiraba ese trozo de carne.

Una vez estaban fuera, corrían por sus mejillas despavoridas. Algunas se lanzaban al vacío, utilizando alguna de sus pestañas como trampolín y caían al suelo o se quedaban en su bufanda o en su camiseta; pero otras, más valientes, optaban por hacer el recorrido completo, cuyo fin estaba en su mandíbula, desde donde caían; o incluso en su cuello, a donde llegaban si eran habilidosas.

Pocas de sus lágrimas conseguían llegar al final de su viaje. Algunas, al alcanzar la altura de la boca, eran sorprendidas por su lengua, que se las tragaba a pesar de superar el punto de sal. A otras, en la mayor parte de los casos, las interceptaba el trozo de carne que ella tenía por yema del dedo índice, acompañado casi siempre por el corazón, el anular y, para dar apoyo moral, el meñique. Otras veces  se ponía en sus caminos un pañuelo de papel, que las absorbía hasta no dejar huella, ni si quiera un reguero salado, ni siquiera una leve humedad en las pestañas que indicara que hacía unos minutos habían pasado por ahí.

Desde entonces, desde que tomó conciencia de que se había convertido en una asesina de sus lágrimas, cada vez que llora las deja correr por sus mejillas o saltar desde el trampolín de sus pestañas, permitiéndoles que culminen como quieran su corto periodo de vida. Y a las más tímidas, esas que se acurrucan en la garganta durante unos días haciendo de esta una cuna de tristeza, las invita a salir en la ducha para que cuando broten pasen desapercibidas, como a ellas les gusta.

Actualmente, sus lágrimas y ella, conviven en una relación de respeto mutuo. Las lágrimas saben que las dejará salir y tener su minuto de gloria; ella sabe que, una vez salgan del lagrimal solo vivirán unos segundos y tienen derecho a hacerlo. No obstante, a pesar de este trato, sus lágrimas siempre salen con recelo porque saben que los asesinos siempre vuelven al lugar del crimen.

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