Dos horas en la vida de tres personas

 

placita

Sobre la mesa teníamos dos vinos blancos y una caña en vaso de tubo. Un chico con barba y bigote (un clon de ese millar de chicos con barba y bigote que pueblan Madrid) se acercó a la mesa buscando un 37. “Estamos haciendo una prueba de zapatos, ¿te importaría?”. Dos minutos después estaba subida en los tacones más altos que jamás he llevado puestos. Unos doce centímetros sobre los que hacía equilibrios con el único miedo de no torcerme un pie y estamparme contra el suelo delante del camarero, tan guapo y descarado, al que le había devuelto los ojitos al pedir nuestra comanda.

Al cabo de un rato, ya con los calcetines gordos y mis botas planas, mientras dábamos buena cuenta de un plato de hummus y otro de tartar de atún, vimos, a través de los ventanales, acercarse a un chico y una chica. Se pararon en la placita y, bajo un olivo, dejaron dos sillas, una de plástico y otra de madera. La chica llevaba una cámara fotográfica colgada al cuello pero no hizo nada, ni siquiera una foto. Dejaron las sillas bien colocadas y se fueron.

El tiempo siguió corriendo dentro del restaurante. Lo delataban los restos de hummus, la vinagreta en soledad del tartar y unos huevos escalfados con trufa que pedimos después. Fuera, el escenario no cambiaba, exceptuando el paso fugaz de un señor que, al ver las sillas solas bajo el olivo, hizo dos fotografías desde dos ángulos distintos (la segunda quizás para corregir una presencia inoportuna en la primera: la de la persona que había más allá, en la más absoluta de las intemperies, sin el resguardo psicológico de un portal, ni de una esquina o recoveco; sin apoyarse si quiera en la pared que tenía a unos centímetros. Allí, dormía o velaba, tumbada en un colchón, sola como un náufrago en una balsa).

Durante las dos horas que estuvimos dentro del restaurante, mis amigos y yo cenamos, charlamos y nos quejamos de nuestra vida; el chico con barba y bigote y sus amigos los diseñadores, montaron sus diseños y se marcharon llenos de bolsas; y por la placita no pasó nadie más salvo al final, cuando abandonábamos el restaurante. Entonces llegaron dos chicas y un chico con dos galgos. Uno de los galgos se acercó a la persona que dormía o velaba en esa balsa que la salvaba del frío del suelo, la husmeó y volvió al lado de su dueña, que lo esperaba sentada en una de las sillas fumando un cigarro mientras reía compulsivamente.

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