Mañana de Reyes

“¡Tierra a la vista! ¡Tierra a la vista!”, se escucha más allá del cabecero de mi cama. El día de Reyes y el día que les dan las vacaciones son los dos únicos días del año que oigo a los vecinos del edificio de al lado, unos completos desconocidos a quienes, parece ser, hoy les han regalado un barco pirata. El reloj ya está más cerca de las 11:00 que de las 10:00.

A falta de tener al otro lado de la cama a quien darle un beso mañanero, enciendo el móvil y, en hilera, comienzan a llegar los whatsapps de mis amigas con fotos y vídeos de sus hijos abriendo los regalos, algunos por primera vez. He contado catorce archivos audiovisuales.

Miro Twitter. Tres followers nuevos. ¡Oh! ¡El editor y el autor del epistolario de Lorca y Dalí me han retuiteado! Leo un post de una chica que nos recuerda que la vida es más fácil de lo que parece (sí, bueno… si tú lo dices…). Seguidamente, leo un tuit referido a Juan Manuel de Prada en el que muestra su última estupidez y confirmo que no hemos avanzado en los seis días que llevamos de 2015.

En el mail no hay correos nuevos. Tengo que responder a Ismael, por cierto.

Miro el rayito de luz que pasa por la puerta del dormitorio como queriendo ver el jaleo que tienen montado las mellizas con sus regalos “al otro lado” del “otro lado”. En el “otro lado” está el salón. Y, en el salón, mis zapatos con los ingredientes para un gintonic “porque cuando los Reyes lleguen aquí ya será la hora del after”, pensé anoche. ¿Me habrán dejado algo?

Al abrir la puerta he visto con estupor mis zapatitos de Reyes (los llamo así porque me los compré pequeños y solo he podido ponérmelos una vez, así que los utilizo únicamente para este menester) tan solo acompañados por el sol que entraba por la ventana. Todo estaba igual que lo dejé anoche y en silencio. En la calle había menos tráfico de lo habitual debido a que la gente estaría en sus casas y se ha empezado a oír cantar al pájaro de la vecina. Unos segundos después, las mellizas del otro lado han salido al descansillo dispuestas a ir a ver qué habían dejado los Reyes en casa de los abuelos. Mientras eso ocurría yo seguía de pie, en el salón, mirando los zapatos a medio camino entre la incredulidad y la contemplación.

“Pero si les he puesto Nordic!” –he pensado mientras entrecerraba los ojos debido a una ligera jaqueca- “¡Malditos!”.

He tardado unos minutos en dejar de adorar este fracaso, pero finalmente lo he hecho y he puesto rumbo a la cocina (de camino, he cogido un paracetamol). Mientras se hacía el café, apoyada en el quicio de la puerta, miraba desde lejos los zapatos, la tónica, la manzana y la ginebra sin entender todavía el porqué de ponerlos y el porqué de la desilusión si tengo treinta y tres y seis meses. Me ha venido Jung a la cabeza y su inconsciente colectivo, por si ahí estuviera la respuesta. “¿Qué coño tiene que ver esto ahora, Camino?” y ha saltado la tostada.

Cada año dejo preparados los zapatos; y cada año, por un momento, se despierta la ilusión de abrir la puerta del dormitorio y encontrarme un regalito. Debe ser un fallo cerebral en el desarrollo de la madurez, o una pirueta que hace el niño que todavía llevamos dentro; o un espasmo del mismo que avisa de que estoy a punto de cargármelo.

Mientras rallaba el tomate para la tostada he obtenido la respuesta: ¡no he escrito la carta! ¡Oh, Caminito, qué desastre…! Bueno, la escribiré en cuanto termine el café, a ver si llega una señal en la ronda de cambios y devoluciones.

regalo_reyes

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2 pensamientos en “Mañana de Reyes

  1. pequeboom dice:

    Échales Nivea a los zapatos y así los das de sí 😉

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