A las mariposas suicidas

El trato con las mariposas del estómago no es fácil. Normalmente te pillan desprevenida, no hay que olvidar que antes de volar ser arrastran como gusanos. Hasta ese momento, el de arrastrarse, permanecen ocultas en huevas, esperando eclosionar. Digo que es complicado porque, normalmente, el tiempo que convivimos con ellas en fase ovípara y deslizante es mayor que el que pasan revoloteando.

Mi relación con las mariposas de mi estómago nace de una mezcla de respeto y falta de contemplaciones, como dice una amiga que dice Benjamín Prado de la suya con Sabina. A menudo les he arrancado las alas, he alargado su tiempo en la crisálida a propósito esperando que murieran de aburrimiento o las he soltado en vendaval por hablar demasiado, en un vendaval de mariposas como esos de los que hablaba García Márquez.

En muy pocas ocasiones he aguantado el circo que han montado en mi estómago, por no decir casi nunca. Las he odiado cuando salían despedidas a través de un cañón, todavía en forma de gusano, (¡pum!) y sacaban de repente sus alas (¡plas!). Las he aguantado tan poco como tanto he odiado a las precoces, esas que no tenían las alas lo suficientemente fuertes para aguantar más de dos vuelos pero revolotean haciendo un ruido que es difícil ignorar. Lo siento.

Pero también me he compadecido de otras que, moribundas, luchaban por renacer de sus cenizas aunque tuvieran las alas quemadas, así como de aquellas que he escondido dentro de una piñata para que le dieran golpes. Quizás por eso ha habido otras a las que he cuidado con mimo, con tanto mimo que he preferido cometer con ellas una injusticia y matarlas por amor propio antes de que las maten de desamor o de una cornada, porque mi alma antitaurina no solo sale en plaza, sino también en la cama. Aun así, sé que no tiene justificación, como no la tiene el hecho de que a algunas les haya tintado las alas del color que tocaba en ese momento y a otras las haya camuflado durante años para que no las vieran.

Menos mal que las mariposas son seres valientes, pequeñas suicidas, que se atreven a desenroscar su lengua y sacarmela de vez en cuando aun sabiendo que tienen los días contados y que siempre tengo a mano una red para, al menos, cazarlas.

Benjamin Lacombe | Madame Butterfly de Les Valseurs en Vimeo.

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