El vacío de mi cama

Ayer hablaba con un amigo de cómo nos trata la vida. Estábamos en el Pepe Botella, un conocido bar de Madrid. Entre él y yo se interponía un café con leche y un Brugal con Cola en sus últimas voluntades. Estábamos en un rincón, en el “reservado”, con la penumbra que dan unas paredes ciruela y la solemnidad de un gran espejo antiguo.

Comenzamos a hablar, entre otras cosas, del amor, de la lealtad, de la fidelidad… De qué esperamos del otro. En un arranque de romanticismo desangelado, acompañado de desencanto y algún sueño, le dije:

-Yo lo que quiero un amor para siempre. Eso que dice Revólver en Eso de saber. Dice: “Eso de saber que cada arruga de tu cara es cosa mía”. Eso quiero. Saber que estamos “creciéndonos”. No quiero un analfabeto emocional, quiero alguien que sea capaz de llorar con un poema si le apetece llorar. Y que no tenga faltas de ortografía, claro, y le ponga la tilde a “sólo y a “éste, ésta…”.

-¡Eso es muy importante! ¡Pronombres demostrativos siempre llevarán tilde!

Seguimos hablando, aparecieron nuevos temas. Cada noche duermo acompañada por el vacío de mi cama, le dije con un impostado tono de melodrama. Es una cama de 1.50 m. y sólo ocupo los 30 centímetros escasos del ancho de mi cuerpo. De hecho, mi colchón no es demasiado bueno y se ha llegado a formar un hueco con mi silueta. Dormir en cualquier lado de la cama me resulta extraño porque el colchón está más duro, sin pecar. Es más, conforme avanza el tiempo, el vacío de mi cama ocupa un espacio mayor. Tanto es así que, en ocasiones, me caigo, confesé mientras él se tronchaba en mi cara.

Sí, es así, le dije. Con 33 años todavía me caigo a veces de la cama. Creo que es por eso, por culpa el vacío, que la está colonizando, incidí.

-¿Tienes una almohada o dos? -preguntó.

-Tengo dos.

-Prueba a dormir en la parte del vacío y atravesar una en medio.

-Claro, como los niños, ¿no?

No es necesario. Desde hace tiempo hago otra cosa, confesé. Suelo dejar el libro que estoy leyendo en ese momento al otro lado de la cama. Si leo a Nietzsche, cierro el libro y lo dejo ahí. Porque es absurdo que, con tanto espacio, deje el libro en la mesilla.

-¿Nietzsche? ¿No tienes otra cosa más triste? -me dijo entre risas.

-Bueno, depende del día, a veces dejo a Hannah Arendt, que tengo un libro con unas entrevistas maravillosas que leo de vez en cuando. Pero llevo un par de noches durmiendo con Philip Roth. Me encanta… Estoy leyendo El animal moribundo, te lo recomiendo.

-Creo que deberías extenderte y ocupar toda la cama -sugirió.

-Sí, puede ser. De hecho, estoy pensando que, si me voy al otro lado, tengo que dar muchas vueltas y… se reducen las posibilidades de caerme.

-Sí. Es una opción. Eso te da para un post que se titule así: “El vacío de mi cama”.

-Pues sí. ¿Has acabado la copa?

-Sí, ya no da pa´más -dijo mirando los hielos y viendo que la licuación se había impuesto.

-¿Puedo cogerte la rodaja de naranja? Me gusta comerme las rodajas de las naranjas y los limones de las copas.

-Sí, claro.

Y, mientras tanto, resuelto el tema logístico del vacío de mi cama y habiendo dado buena cuenta de la rodaja de naranja en Brugal con Cola, seguimos hablando del amor y otras cosas que nada tienen que ver con ello.

 

Dedicado a Ángel Calleja, que otra tarde, en tercero de carrera, antes de una clase con Fuentes, me dijo con su tono de sorna: “¿No crees que ya eres mayor para leer Madame Bovary? Deberías haberla leído antes…”.

 

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Un pensamiento en “El vacío de mi cama

  1. Sofi dice:

    El vacío de la cama es algo curioso.

    Yo he tenido tres novios de relevancia, el primero dormía a mi izquierda y cuando le dejé no podía aguantar el vacío así que lo ocupe y empecé a dormir en ese lado.

    Cuando empecé con el segundo le coloque directamente a la derecha, Y cuando me dejó volví a ocupar ese lado por no ver el puto vacío ese que a veces te parece un precipicio.

    Y el de ahora vuelve a dormir a mi izquierda.

    #findeltestimonio

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