Despertar de final de verano

Se despertó a mitad de la noche empapada en sudor. Era una pesadilla más de las que solía tener desde hacía meses. No tan violenta como las que venía padeciendo en los últimos días pero sí más extraña. Miró a la ventana desde la cama. A través de los visillos se veían las farolas, todavía encendidas. No había amanecido. No tenía un reloj a mano pero la afluencia de tráfico en la calle le hizo pensar que la ciudad ya se había puesto en marcha.

Quiso volver a coger el sueño pero cada vez que cerraba los ojos, entre sus párpados y su córnea se formaba una batalla de miedos. Los abría en seguida con la misma desgana y necesidad con la que lo hace un borracho cuando le da vueltas el universo. Pasado un tiempo miró el reloj: las 6.45 h. Sintió alivio.

Se levantó con la infantil idea de que el hormiguero de nervios que tenía esparcido por el pecho caería por la fuerza de la gravedad hasta otra parte de su cuerpo. “Si se fuera a los pies y salieran las hormigas en batallón por las uñas…”, pensó. Pero una vez se hubo incorporado, seguía ahí, atascado.

Intentó determinar dónde estaba el agujero por el que salían aquellas hordas de insectos que avanzaban desorientados hasta su garganta. No fue capaz pero estaban en algún lugar, quizás en un hueco indeterminado entre las clavículas, el esternón y la boca del estómago.

Se metió a la ducha. El agua le caía en los ojos cerrados como si fuera una lluvia de alfileres. Dejó que le recorriera caliente por los hombros. Lloró un poco, con un llanto tranquilo y discreto (llorar mientras te das una ducha es la forma más discreta de llorar).

Al cabo de un par de minutos, la obligación la sacó de ese lugar, le hizo coger la toalla, secarse, arreglarse el pelo. Le permitió no maquillarse un día más. La dirigió al armario a elegir la ropa de ese día.

Mientras tanto, el corazón le recordaba que estaba ahí con latidos de un caballo después de salvar el pellejo. Desbocado. Como si alguien desde dentro lo estuviera lanzando contra las paredes de su tórax con todas sus fuerza en una partida de billar a tres bandas.

“Algún día me va a salir por la boca”, pensó mientras la obligación le hacía preparar el desayuno.

Cuando retiró la cafetera del fuego, se le cayó el café encima y se quemó los dedos.

bansky

girl vomiting hearts. Banksy.

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