Cuatro gotas

El cielo se ha encapotado justo enfrente de mi vista. El aire entraba cálido. He abierto la casa de par en par: puertas, ventanas, ventanitas… Parecía que quería llegarme un aroma a tierra mojada, ese aroma que mezcla polvo y lluvia de cuatro gotas, y que siempre me hace pensar en Oz y en si esas gotas caerán como pequeñas gotas de barro.

Cuando el aire ha empezado a correr con la suficiente fuerza por los rincones de la casa, tirando a su paso el jarrón de lata lleno de lavanda seca, que yo misma corté el verano pasado; abriendo un libro de Marvin Harris y entrando entre sus páginas, quizás para cazar vacas o brujas; y asustándome con un portazo inesperado, he decidido atrancar las bocas por las que la casa empezaba a respirar.

En la del salón, he puesto un libro sobre la Grecia clásica y, sobre éste, “La regla del juego”, de José Luis Pardo. Con ellos he atrancado una hoja del ventanal; con la mesa, la otra. Para mi dormitorio he hecho uso de la cama, que he atravesado ligeramente para que se interpusiera en la trayectoria de una de ellas. En las puertas del salón y el dormitorio de invitados, respectivamente, una silla y un bidón de agua destilada que tengo para regar una de mis plantas, la carnívora, la más delicada y a la que más mimo, pero no mi favorita.

Hecho esto, he encendido la lámpara, he abierto “El amor en los tiempos del cólera” y, con el aire de tormenta entrando, me he dispuesto a ver qué tal llevaba Florentino el desamor mientras esperaba la lluvia. Dos páginas más tarde he escuchado cómo empezaban a caer con fuerza goterones de agua en el balcón. Conforme estaba, semivestida, que es como únicamente puede sobrevivir uno en casa en estas tardes de canícula, he salido al balcón y, agarrada a la baranda, me he quedado aparentemente inerte para que me cayeran en la cara lo que sabía iban a ser cuatro gotas de lluvia aleatoria.

Al mismo tiempo, en la calle la gente aceleraba el paso y algunos, precavidos, ya caminaban bajo el paraguas.

Así han transcurrido la espera y precipitación de las primeras cuatro gotas del verano.

 

lluvia

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