El señor que vende sus libros

milan kunderaSalí del trabajo tarde y me apetecía caminar, pero todavía hacía demasiado sol. Los días frescos del inicio del verano se habían ido a otro lugar, quizás al norte, y, aunque la aguja del reloj pasaba las ocho de la tarde, andar por el sol y entre el tráfico era cosa de valientes o de insensatos.

Me cambié de acera en cuanto vi el primer paso de peatones. Con el confort y la tranquilidad que da caminar por el lado fresco de la vida, le dejé vía libre a mi mente, que otra vez me puso la zancadilla. Mientras intentaba dominarla en un ejercicio de “no, no vayas por ahí, ve por allá”, pasé al lado de un señor.

Lo primero que vi fue su carta de presentación, tan común desde hace tiempo. Era un cartón doblado por la mitad y apoyado en el suelo con el que alguien pedía una ayuda. Giré la cabeza para ver quién había tras ese mensaje y vi a un señor alto, delgado y con barba oscura que, resguardado en un soportal de un centro comercial, leía.

Otro golpe de vista me llevó a una caja de zapatos en la que había unos cuantos libros expuestos; y, a la izquierda de ésta, un bote con algunos céntimos.

Pasé de largo y seguí andando. No sé si di diez pasos, no sé si veinte. Paré. Saqué el monedero de mi bolso para comprobar cuánto dinero tenía. Un billete de cinco euros bailaba en soledad al lado de un céntimo. Volví.

-Buenas tardes -le dije.

-Buenas tardes -dijo dejando su lectura y acercándose a mí.

-¿Vende sus libros?

-Bueno, no los vendo exactamente. Es la voluntad.

-¿Son suyos? – Había uno de Michael Crichton, otro de Baroja

-Sí, son libros míos y alguno me lo han dado.

-Tenga, esto es para usted -Le di el dinero que llevaba mientras pensaba qué pasaría si yo tuviera que vender mis libros. Abrió los ojos, miró su bote, que tenía unos céntimos. – Bueno pues… que pase una buena tarde -le dije sin saber muy bien qué decir.

-Espere, coja un libro…

-No, no se preocupe.

-Sí, por favor, coja uno.

Miré los cinco o seis libros que tenía y opté por uno de ellos.

-Desde que leí La insoportable levedad del ser siempre he querido leer algo más de Milan Kundera -le dije.

-Sí, este libro no está mal.

Lo cogí y me lo llevé a la nariz. Cuando el acordeón de sus hojas estaba acariciándola y desprendiendo el olor que guardaba, tomé consciencia de que la inconsciencia de mis manías me había llevado a hacer ese ritual tan habitual ante un desconocido, que sonreía ante el gesto. Un poco cortada por eso le dije:

-Lo leeré muy a gusto. Muchas gracias.

-Gracias a usted -contestó.

Metí el libro en mi bolso y retomé mi paseo dándole vueltas a la posible vida de ese amante de la lectura que sale a la calle, quizás cada tarde, a vender su libros por la voluntad en los primeros número de Hermanos García Noblejas, a la sombra. 

 

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2 pensamientos en “El señor que vende sus libros

  1. pequeboom dice:

    Lo conozco, se pasa allí el día y siempre con un libro en la mano.

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