La Cosmética de Amélie Nothomb

Cerré el libro y me quedé en silencio. Volví a abrirlo y conté catorce renglones, los renglones finales, los renglones que yo quitaría a esta novela. Hice una foto. Subí un post a Facebook. Tenía que contarlo.

amelie

Cosmética del enemigo era una de mis novelas pendientes, en parte porque la ha escrito mi autora favorita, Amélie Nothomb. La cogí con ansias y a las dieciséis páginas apareció el primer “¡boom!” o lo que en televisión se llama el “efecto terremoto”. Para ese momento ya había disfrutado de una magnífica disertación sobre la etimología de “texto” que me hizo recordar una entrada que escribí semanas atrás (ver entrada). Llevaba ocho hojas de diálogo ininterrumpido. Ágil, absurdo, estresante. Pum, pum, pum. Con un personaje insoportablemente pesado que asalta a un señor en un aeropuerto para contarle su vida. ¿Cómo reaccionaría yo si me ocurriera esto?, pensaba mientras el diálogo continuaba.

Quería seguir leyendo pero cada página leída era una menos por leer y solo había noventa y cinco. Por otro lado, Textor Texel me sacaba de quicio. No lo soportaba. Así que cerraba el libro cabreada pero volvía a abrirlo porque claro: ¿cuándo podía cortar la lectura? No había puntos y aparte. No había fin de capítulo. Era un diálogo ininterrumpido. Si cerraba sin más me sentía insatisfecha. Me tenía en jaque: por un lado, no soportaba a uno de los personajes; por otro, no era capaz de cortar sin quedarme con información colgando.

Esta historia trampa te va metiendo en una espiral. Tardas en acostumbrarte al incordio de Textor pero lo consigues. A veces tienes que volver atrás y reanudar el diálogo para no perderte entre ambos personajes. Llega un momento en el que comienzas a disfrutar de sus disertaciones locas, absurdas, intolerantes, denigrantes… Es difícil pero lo haces porque empiezas a leer más allá del contenido. Te fijas en la fórmula matemática que dirige su lógica y piensas en la autora y en cómo ha tenido que dividir su mente para escribir la novela. Y ahí estás tú, disfrutando de la versatilidad y capacidad de la pluma de Amélie Nothomb cuando, ¡tachán! comienza a hacer aparición una procesión de autores ocultos entre sus líneas.

Dostoyevski se deja entrever pronto, casi de inmediato, a mitad de la novela. Con él aparece el castigo y “su moral” y, con ello, un mensaje al lector de posicionamiento ante los personajes. Estas cosas las odio, las odio porque remueven por unos segundos mis principios básicos, sólidamente cimentados. No contenta, saca a relucir a Spinoza y su idea del bien, del mal, del placer; Max Stirner también tiene un hueco con el egoísmo… Sin darte cuenta estás en medio de un diálogo absurdo, sí, pero con mucha chicha. Está lleno de argumentos perfectamente articulados para una mente enferma y referenciados que te dejan fuera de juego y que, afortunadamente los tumba tu moral, tu moral de ser humano (entendiendo humano como algo que va más allá de lo que nos viene concedido como especie) y de ser humano mentalmente sano, pero que, como una cebolla, va deshaciéndose de capas hasta quedarse desnudo.

Cuando terminé la novela pensé que merecía una segunda lectura. Que debo ahondar más en Spinoza y conocer a Stirner y el Jansenismo para descifrar las pistas que ha ido dejando la autora, porque estoy segura de que las hay. Lo ha hecho, las ha dejado y yo las he perdido por desconocimiento. Mi lectura se ha quedado en una lectura superficial pero que me ha presentado un diálogo ágil, un discurso enérgico, una discusión perfectamente estructurada, una invasión a mi integridad como mujer que preferiría haber evitado, un momento vomitivo (solo comparable a los momentos vomitivos de Bukowsky), un objetivo: leer todo lo que caiga en mis manos sobre Spinoza, Stirner, Pascal, y los jasenistas para descubrir los secretos de esta pequeña novela cuando vuelva a leerla; y una resolución clara: estamos ante una de las mejores escritoras contemporáneas.

 

 

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