Un día nublado

Tememos a los dioses que nosotros mismos hemos creado. Los adoramos, seguimos sus reglas, les pedimos perdón…

Tememos a los monstruos que alimentamos nosotros mismos con cuentos, leyendas y fe; cerrando los ojos como hacíamos con los monstruos que habitaban debajo de nuestra cama cuando éramos niños. Es la única forma de conseguir que permanezcan en la oscuridad y desplieguen todas sus habilidades, ésas que nos hacen correr despavoridos.

Queremos a quien decidimos querer porque un día apostamos a que pese más la balanza de lo bonito y a no reparar en los “fallos”. Emprendemos entonces un viaje por los surcos de su cara para conocer la experiencia que esconden esas arrugas, por ejemplo. O para saber cuál es el motivo de esa risa escandalosa, que nos es la risa que más nos gustaría para alguien a quien querer incondicionalmente, pero que es la suya.

Al final el origen de todo está en nosotros mismos. Por eso podemos conseguir todo lo que nos propongamos. Por eso nadie puede hacer, si no queremos, que este día nublado en Madrid sea un día sin sol.

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