La historia del viejo y la joven

Lo primero que he visto de este señor han sido sus pantalones de pana color camel. La pana estaba raída, como la habría llevado Martín Marco. A la altura de las rodillas tenía el dobladillo del abrigo, negro. Negro el dobladillo, porque el abrigo era color café con leche sucio. Al levantar la mirada y llegar a sus ojos, he sonreído de forma automática. Le he sonreído a él como podría haber sonreído a cualquier otra persona.

-¡Qué sonrisa tan bonita! Estas cosas no pasan todos los días.

-Gracias –he dicho mientras tomaba consciencia y conciencia de la persona que tenía a mi lado. Su cara era una red de surcos por los que había pasado el frío, el sol, los años… Sufrimientos. Pocas alegrías y mucho tabaco.

Se ha sentado a mi lado y he visto que el dobladillo de su abrigo, además de tener un ribete negruzco, estaba salteado de agujeritos que bien podrían ser bocados de polilla, pero que eran chispas de cigarrillos.

-¿Tú sabes cuánto tiempo hacía que nadie me sonreía, muchacha? Años… Cuando uno es viejo ya nadie le sonríe. Eres casi un estorbo. Estás ahí un día y otro, esperando morirte. A veces piensas: “¿Y por qué me tengo que morir?”; otras veces dices: “Si me muriera, eso que ganaba”. Un viejo es como un mueble viejo, que nadie lo quiere, pero claro, no lo puedes cambiar por uno nuevo.

Ha soltado en tres o cuatro golpes una carcajada “productiva”, como la tos de final de los catarros. Creo que, inconscientemente, he hecho un mohín de desagrado, pero he seguido escuchando.

-Eso que dicen –continuaba- de que las jóvenes se enamoran de los hombres mayores… ¡Qué tontería! ¿Quién iba a querer estar con un viejo? Un viejo con una joven, sí, claro, porque te da vida, pero al revés solo te da muerte. Lo peor es que no sabes cuándo te haces viejo. Yo pensé que sería cuando me jubilara, pero cuando me jubilé me sentía joven. Y pasaron los años y un día me di cuenta y dije: “Estoy hecho un viejo”. ¿Y sabes por qué te das cuenta? Porque ya nadie te mira. Nadie quiere sentarse a tu lado; vas en el metro y, si pueden, te evitan. Hueles mal. Hueles a viejo. Por eso, si un día te mira una chica así tan guapa y te sonríe, pues oye, te da la vida. Cuando eres un viejo, además, te enamoras fácilmente pero solo te lleva a engaños. Piensas que te pueden querer como tú quieres pero no, porque cuando un hombre es viejo ya no puede darle a una mujer joven lo que ella necesita, ni de una cosa ni de otra. En fin, que eres un viejo para todo.

El señor se ha bajado del autobús en La Elipa y yo solo he podido responder a su monólogo interior dicho en voz alta, con un “Hasta luego, señor”. Cuando se ha ido, he sonreído recordando una gran historia verdadera de amor verdadero, que ocurrió hace no mucho, entre “un viejo” y “una joven”.

 

Anuncios
Etiquetado , , ,

2 pensamientos en “La historia del viejo y la joven

  1. Ismael dice:

    Otro relato más lleno de capacidad de observación, empatía y sinceridad. Qué fácil es regalar sonrisas y qué poco lo hacemos… Gracias!

  2. enlapalmera dice:

    Gracias a ti, Ismael, por seguir leyendo este blog y tener siempre palabras bonitas. Un abrazo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: