El exceso

Hay una parte del pintalabios sacrificada, a la que ni nosotras mismas prestamos atención. Que no sale de paseo. Que no enmarca sonrisas. Que, despistada, no adorna ningún diente como si fuera una perlita de color. Que no se queda prendida en las mejillas, ni en las nucas, ni en otras bocas. Que no deja al descubierto a quienes aman a escondidas porque nunca roza el cuello de una camisa. Que no se restriega más allá el borde de los labios, víctima de un beso apasionado. Que no marida con saliva ajena ni recorre esófagos entre jadeos. Que no se queda como una ráfaga en la almohada. Que no siente el leve toque de una servilleta después de que lo haya rozado un buen bocado.

Es el exceso.

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