Especie de niños en peligro de extinción

cerasHoy el autobús estaba a rebosar. Cuando he pasado la tarjeta he mirado al fondo con poca esperanza de encontrar un sitio. Mi sitio de siempre estaba ocupado. Quedaba uno libre en la fila de atrás. He avanzado dando bandazos y, a duras penas, he conseguido sentarme. A la derecha tenía a un señor que miraba distraído por la ventana y, a la izquierda, un niño y una niña de unos diez años.

Tras dejar la tartera, quitarme la bufanda, el gorro y ponerme cómoda, he abierto mi libro. No he podido leer ni la primera línea:

-Es una tontería que llevemos todos cajas tan grandes de ceras Manley. Lucas lleva una de 50 –dice el niño con voz de pito

-La mía es de 75 –responde la niña

-Podríamos compartirlas y así no tendríamos todas las cajas empezadas

-Yo no puedo compartir. No puedo compartir la mía de 75 con Lucas. Saldría él ganando.

-Ya… Por cierto, al final no va a ser tan malo compartir sitio con una chica

-Claro que no

-Mejor que con Amalio, que es muy pesado. No para de hablar. Oye, una cosa, y te lo digo en serio… Por favor, Patricia, ¡no hables tanto!

-Ya…

-Yo me siento muy mal porque tengo que apuntarte y no quiero. Pero entiende que no es justo que apunte a los demás y a ti no. Así que si te digo que te calles, cállate, por favor.

-¡Pues apúntame!

-Sabes que no lo voy a hacer. Sabes que te voy a dar más oportunidades que a los demás pero entiende que para mí esto es muy complicado porque, en cierto modo, me siento culpable de que la gente que apunto se quede luego castigada a las 15.30.

-Apúntame y me borras…

-No puedo hacer eso, Patricia. Tengo que ser justo y tratarte como a los demás, así que, por favor, si te digo que te calles, cállate…

-Vaaale

Ambos se han callado. Impactada con el razonamiento del niño, del que solo había visto las manos cuando hablaba del tamaño de las cajas de ceras Manley, y con su “en cierto modo” retumbándome en la cabeza (¿cómo es posible que salga un “en cierto modo” de la boca de un niño?), he abierto de nuevo mi libro y he comenzado a leer. Tras un par de minutos de silencio, escucho:

-No te habrás enfadado, ¿verdad Patricia?

-No. Solo me duele la cabeza y la tripa. Será la regla.

-¿La regla? Tú todavía no tienes la regla…

-¿Y tú qué sabes?

-¿No te estudiaste la lección? La regla se tiene a partir de los 11 ó 12. Te habrá sentado mal el desayuno.

-Pues yo creo que es la regla

-Es como si yo digo que tengo pelo en el pecho. Es más probable que sea una pelusa del jersey. ¿Te duele mucho mucho?

-Sí

-¿Aquí?

-Sí…

-Entonces es cagalera

Acto seguido, la niña ha sacado el móvil y ha abierto el whatsapp. Ha comenzado a hablar con una amiga, Melibea.

-Me bajaré antes, Melibea quiere que vayamos andando.

-Hace mucho frío…

-Ya, pero así se encuentra con Carlos y como le gusta…

-Ah, claro. Bueno, yo me bajaré más allá.

-¿No te vienes con nosotras?

-No

-¿Me acompañas a la puerta?

Ambos se han levantado y han ido hacia la puerta del autobús. El niño, rubio, con el pelo liso y algo largo, se colocaba el plumas rojo. La niña se ha adelantado y ha pulsado el botón de “Próxima parada”. Al llegar a la parada se han abierto las puertas y la niña, con sus patitas de araña, ha salido de un salto.

-¡Hasta luego, David!

-¡Hasta luego, Patricia!

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