Desde la intimidad

-Fíjate, has hablado todo el tiempo de lo que yo he sentido por ti: “Porque tú, porque tú, porque tú…”. Y yo he hablado de lo que yo he sentido por ti, pero no has hablado de lo que tú has sentido por mí, de tus sentimientos -le dijo durante la comida-. Eso lo has dejado para tu intimidad.

Y sus sentimientos se habían escapado a través de sus mejillas, rojas como manzanas bañadas en caramelo. Ellos fueron los que dejaron el plato a medias de comer porque ocupaban un amplio espacio en su estómago, los que asomaron a hurtadillas cada vez que reconocían un viejo gesto conocido, y los que batieron su aliento a punto de nieve cuando metió la nariz entre las páginas del libro que le había regalado.

-Pero si te he dicho muchas veces lo que sentía por ti… -contestó ella.

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