La asesina de lágrimas

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Ilustración: Benjamin Lacombe

Hace muchos años, mientras andaba en casa de aquí para allá, se dio cuenta de lo mal que se comportaba con sus lágrimas. Cada vez que estas intentaban salir, ella rápidamente ponía su dedo índice en el lagrimal para contenerlas. En ocasiones, las menos, lo conseguía. Otras, a pesar de tener la yema de sus dedos en la puerta de salida, se esparcían por sus ojos saliendo disparadas en cuanto retiraba ese trozo de carne.

Una vez estaban fuera, corrían por sus mejillas despavoridas. Algunas se lanzaban al vacío, utilizando alguna de sus pestañas como trampolín y caían al suelo o se quedaban en su bufanda o en su camiseta; pero otras, más valientes, optaban por hacer el recorrido completo, cuyo fin estaba en su mandíbula, desde donde caían; o incluso en su cuello, a donde llegaban si eran habilidosas.

Pocas de sus lágrimas conseguían llegar al final de su viaje. Algunas, al alcanzar la altura de la boca, eran sorprendidas por su lengua, que se las tragaba a pesar de superar el punto de sal. A otras, en la mayor parte de los casos, las interceptaba el trozo de carne que ella tenía por yema del dedo índice, acompañado casi siempre por el corazón, el anular y, para dar apoyo moral, el meñique. Otras veces  se ponía en sus caminos un pañuelo de papel, que las absorbía hasta no dejar huella, ni si quiera un reguero salado, ni siquiera una leve humedad en las pestañas que indicara que hacía unos minutos habían pasado por ahí.

Desde entonces, desde que tomó conciencia de que se había convertido en una asesina de sus lágrimas, cada vez que llora las deja correr por sus mejillas o saltar desde el trampolín de sus pestañas, permitiéndoles que culminen como quieran su corto periodo de vida. Y a las más tímidas, esas que se acurrucan en la garganta durante unos días haciendo de esta una cuna de tristeza, las invita a salir en la ducha para que cuando broten pasen desapercibidas, como a ellas les gusta.

Actualmente, sus lágrimas y ella, conviven en una relación de respeto mutuo. Las lágrimas saben que las dejará salir y tener su minuto de gloria; ella sabe que, una vez salgan del lagrimal solo vivirán unos segundos y tienen derecho a hacerlo. No obstante, a pesar de este trato, sus lágrimas siempre salen con recelo porque saben que los asesinos siempre vuelven al lugar del crimen.

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