La biblioteca de mi pueblo

Hoy es el Día Internacional de las Bibliotecas (públicas) añadiría yo. Esos lugares donde muchos tuvimos la oportunidad de perdernos y que cada vez despiertan menos interés entre los que ahora tienen oportunidad de perderse.

La biblioteca de mi pueblo era casi una institución. La regentaba un señor mayor, que tendría menos de 65 pero que a mis ojos parecía un octogenario. Era alto, pelicano, con una calvicie importante y muy delgado. Encongido por la chepa, leía el periódico cada tarde sobre su mesa. Le conocíamos como El Galgo; creo que se llamaba Antonio. Su mujer siempre me despertó mucho interés. También era alta, delgada, con los rasgos prominentes: grandes ojos, gran nariz (creo recordar). Siempre llevaba los labios pintados de rosa chillón e iba bien peinada, con rulos, como las señoras ricas. El pelo negro y dos perlones en las orejas. Tenía los dedos huesudos y la veía como salida de un cuento en el que fuese una marquesa. La veía muy elegante. Mientras él leía, ella miraba por un ventanal que daba a la plaza del pueblo.

Biblioteca

La biblioteca tenía tres estanterías grandes, una sola dedicada a poesía, y todos los libros tenían un trozo de papel con un celofán y un código que nadie entendía, solo El Galgo. Eran altísimas, tan altas que nunca llegamos a saber cuáles eran los libros que había arriba del todo, llenos de polvo. Al lado de la de poesía, en la más grande, había un par de estantes con los libros prohibidos, los de dos rombos, los de los mayores. No había nada del Marqués de Sade, era una colección de libros sobre reproducción humana. Recuerdo que me acercaba remolona por ahí, al lado de los libros de historia, para coger uno de ellos disimuladamente y ver en qué consistía eso de la reproducción. Me fascinaban los dibujos del aparato reproductor, los de las mujeres amamantando a sus hijos…

Agachada como un ovillo le robaba ratitos al tomo III, a escondidas para que el bibliotecario no me llamase la atención por estar leyendo cosas de mayores (+12 años). Ahí, a ratos, entre tardes lluviosas, descubrí que los niños no los traía la cigüeña, que no llegábamos al mundo porque nuestros padres escribiesen una carta, sino porque teníamos unas cosas dentro que producían óvulos y espermatozoides (como los cristales en días de lluvia, que también producían decenas de espermatozoides que dejaban regueros en las ventanas).

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La biblioteca de mi pueblo fue el lugar donde aprendí a leer y a valorar los libros. Allí tuve acceso a cientos de ellos, de los que solo terminaba los cuentos porque la mayor parte de las veces me entretenía mirando las fotos y los dibujos. Aprendí que esos libros eran de todos, que nos los prestaban pero teníamos que cuidarlos y devolverlos en el mismo estado para que otros los leyeran. Eran libros de todos y para todos.

La biblioteca de mi pueblo era un lugar donde ir las tardes de lluvia, un lugar donde merendar leyendo un cuento, un lugar donde resguardarte en verano durante las guerras de globos de agua (mientras se calmaba el campo de batalla, leías un cómic); un lugar en el que hacer los deberes y poder tener a mano un diccionario que no tenías en casa, o un libro que no había en el cole.

La biblioteca de mi pueblo no era solo una biblioteca, era un símbolo más de la enseñanza pública y de su calidad, del acceso público a la cultura pública; del uso y el respeto por “lo público”; de la educación, la Educación; un símbolo de lo que significa “compartir”.

Ahora ya no está en el mismo lugar, sus puertas siguen abiertas pero cada vez va menos gente. Probablemente termine desapareciendo, como la enseñanza pública, como lo público, si cada vez que pasamos por la puerta decidimos pasar de largo.

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