#HistoriasDelMetro: Discusiones parejiles

Él llega al andén. Después entra ella flipando porque el tren del otro andén se escapa. Él está a por uvas. Ella hace ademanes de: “Pero no ves g…. que tenemos que ir al otro andén?”. Él sigue a por uvas. Ella lo mira con ojos de desquiciada, hace gestos para hacerle entrar en razón pero no lo consigue, así que se da media vuelta en plan Pimpinela. Sus destinos se separan.

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Él sigue en su andén, caminando, y me mira sabiendo que los he estado observando. Disimulo (la, la, la). Ella se va en sentido contrario, andando a paso pronto, y sube las escaleras como una carretilla. Segundos después, él se pierde entre la multitud que espera el metro en el andén. Miro frente a mí y espero a que ella baje las escaleras. Ahí está, en el andén de enfrente. Camina con el suficiente cabreo como para que le boten los pechos debajo de una camiseta de algodón de cuello a la caja y se le levanten los rizos. Mira de reojo al otro andén para ver si ve a su chico y, mientras lanza rayos láser por los ojos, se sienta de un bote en un banco, poniendo resolutivamente el bolso sobre sus rodillas y haciendo un gesto de fastidio. En ese momento pienso para mí: “Qué pereza las discusiones parejiles!”. Mientras, suena en mi móvil “Dejad que las niñas se acerquen a mí”, de Hombres G.

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