Cuando nuestro universo era la Nocilla

Esta tarde he decidido mimarme y lo que ha comenzado siendo un: “Bajo y compro pescao” se ha convertido en una visita a un mercado. Después de dar muchas vueltas he terminado comprando piedra pómez (por afán puramente estético, en absoluto amoroso o erótico) y Nocilla. Sí, Nocilla. Llevaba queriendo comprar Nocilla muchísimo tiempo y nunca lo hacía, pero hoy  he cogido y la he metido en el carro.

Cuando he llegado a casa era tal mi entusiasmo que, conforme la he sacado de la bolsa, le he hecho una foto y la he colgado en Facebook. Ya ves tú… Al destaparla he notado su olor inconfundible, olor que me ha dado otro dato: estaba derretida. En ese momento sacado a la Caminito de hace veinticinco años y me he dispuesto a hacer un viaje en el tiempo.

Lo primero que he hecho es lo que hacía siempre que mi madre compraba Nocilla: abrirla y tocarla con el dedo para ver el grado de derretimiento. La he tocado con la punta del índice derecho y estaba muy blanda, así que acto seguido he hecho lo segundo que siempre hacía con cinco o seis años: meterla en la nevera. Y aquí estoy, esperando que se enfríe.

Todavía recuerdo el primer sándwich de Nocilla que comí. Nos lo preparó una hermana de mi abuelo a mis primos y a mí. Tengo que decir que flipé por dos cuestiones: la primera, es que en esa época yo sólo comía Nocilla en pan normal, que era más barato; y la segunda, es que solamente comía pan de sándwich en los cumpleaños y siempre acompañado de fiambre o salchichón. Por eso, un sándwich de Nocilla mezclaba lo guay de la Nocilla con el pan guay de los cumpleaños, así que  ya entendéis por qué estaba alucinada. Y pensé: “Qué guay vivir en Madrid!” (porque mis primos vivían en Madrid y claro, esas mezclas no se hacían en mi pueblo).

nocilla_nino

En cuanto al sabor, siempre he sido muy exquisita: yo era de la Nocilla de dos sabores, de la de la tapa azul (porque la de la tapa roja era sólo de chocolate). Como entonces no existían las marcas blancas, sólo había una cosa que diferenciaba la calidad de la Nocilla: el vaso, que podía ser de cristal o de plástico. De hecho, todas nuestras madres hacían la colección de vasitos, que igual hacían las veces de vaso de agua que de vaso de leche.

Además, para mí la Nocilla guardaba un secreto: ¿Quién era el niño de la foto? ¿Quién era? Siempre dudé de si existía realmente o no porque en mi pueblo no había nadie con ese color de pelo y ese bronceado. Los que tenían ese color de pelo eran blancos, y los morenos de piel, tenían el pelo castaño o negro. Así que siempre pensé, no sé por qué, que sería holandés, aunque ni sabía dónde estaba Holanda, pero sí estaba convencida de que español no era.

Otra cuestión por la que me flipaba la Nocilla (voy a hacer el post más largo de la historia) es por la pintaza de la rebanada que tenía un dedo de pan y dos dedos de chocolate. Pasaba lo mismo que con el paté La Piara, que comparabas la rebanada del anuncio con el bocadillo que te hacía tu madre, en el que había una lámina de paté de un milímetro, y no había color…

Rebanada-paté

En fin, voy a sacar la Nocilla de la nevera a ver qué tal. Espero que no me lleve un chasco y sea lo que recuerdo aunque viendo que tiene un código bidi en el tarro, voy con recelo.

Huelga decir que yo era de las que cantaba la canción de leche, cacao, avellanas y azúcar… Noociiillaaa!!

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