Las prisas de la chica de la cita

Cartel perteneciente a una campaña de Metro en Japón centrada en el respeto entre viajeros

Ayer cuando entré en el Metro escuché unos tacones con paso firme (ta, ta, ta, ta). Conforme se acercaban, aumentaba el ritmo del taconeo. Al llegar a los tornos giré la cabeza y vi que una chica de abrigo gris metía el billete y entraba en el Metro como una exhalación. Yo, que ya soy perra vieja en esto del transporte público, intenté mantener mi paso mientras ella bajaba las escaleras cada vez más deprisa. Unos segundos después, un chico se unió a ella, siendo ya dos los que iban corriendo al andén. Mantuve la calma aunque he de reconocer que aligeré el paso. Pocos segundos después se unió alguien más, y después más, y así fue como en menos de un minuto se desencadenó lo que yo llamo El Efecto Prisas.

El Efecto Prisas es el efecto que se desencadena en el Metro, de repente, cuando a alguien se le ocurre la feliz idea de echar a correr. Esa idea puede venir propiciada por:

A) Un ruido que hace intuir que el tren se acerca

B) Prisas, sin más.

Sin embargo, independientemente de cuál sea el origen, el efecto siempre es el mismo: Si uno corre, los demás corren y, de repente, te ves a diez o doce personas corriendo como descosidos pasillo adelante intentando no perder el Metro. La mayor parte de las veces es una falsa alarma.

Bueno, pues ayer, y sin quererlo, esta chica desencadenó dicho efecto. Yo intenté ser más lista que los demás, mantenerme fría y calculadora como si fuera hija de Mariló Montero: no vas tarde, nadie te espera, tranquilízate, no estás haciéndote pis, no tienes por qué echar a correr… Sin embargo, aun a sabiendas de que faltaban todavía tres tramos de escaleras para llegar al andén, hubo un momento en el que no pude más y me arranqué a correr con mi tartera nueva, mi bolso, los cascos, el gorro, la bufanda arrastras, el abrigo a medias de quitar… Conseguí autosugestionarme hasta tal punto que fui consciente de que había adoptado un gesto de prota de peli de terror.

Cuando quisimos llegar al último tramo de escalera, más que un grupo de viajeros con prisas parecíamos una manada de ñúes huyendo de un ejército de 3.000 hienas pardas. Sin embargo, cuál fue nuestra sorpresa cuando, al llegar al andén, miramos la pantalla y, como suele ocurrir con este efecto, vimos: “Próximo tren en 6 minutos”.  En ese momento, todavía jadeante, miré a la jamelga del abrigo gris con toda la saña con la que se puede mirar a un desconocido (digo jamelga porque me sacaba tres cabezas y era recia, no gorda, sino recia) y me dispuse a esperar acordándome de todos los muertos de Purgatorio.

Cuando entramos al vagón abduje (como diría Peirce) el origen de tanta prisa: tenía una cita. La chica, de pelo negro rizado y raya en medio, sacó de su bolso falso de Tous un neceser pequeño y plateado y comenzó a maquillarse como si le fuera la vida en ello. Primero, antiojeras; luego maquillaje; después knol negro; y por último, se hizo los labios. Esto fue lo que más tiempo llevó: en primer lugar sacó el knol y embadurnó el culo en pintalabios y se los pintó; en segundo lugar, se puso brillo de pincel; y por último, sobre todo lo anterior, cacao.

Temblorosa recogió todo y sacó un libro titulado Eva Luna, que acabo de descubrir que es una telenovela de La Primera, así que entiendo que será el libro que la inspiró. Y con él entre sus manos hizo tiempo mientras un chico, que ni se había percatado de su presencia, hablaba solo con un amigo imaginario.

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