Matrimonio, a secas

Ayer el Tribunal Constitucional falló a favor del matrimonio homosexual (no voy a hacer apreciación alguna respecto al término “matrimonio” porque cuando se tiene una clase política que utiliza como utiliza la retórica, debatir esta cuestión me parece obsceno). Siete años ha costado que unos señores se pronuncien sobre la constitucionalidad o no de casarte con quien quieras independientemente de lo que esa persona tenga entre las piernas (y empleo el verbo “querer” como sinónimo de “amar” y de “tener voluntad”).

Lo que quiero exponer en este post es otra cuestión. Siempre me ha chocado que haya que casarse para “formalizar” una relación que va más allá de un papel. Desde mi punto de vista es un intento de privatizar la intimidad, y con ello digo: limitar la libertad de amar a alguien permitiendo que un tercero, como puede ser un juez, decida a todos los efectos qué límite se pone a tus sentimientos. Pero no voy a discutir sobre la “cosa privada” ni lo íntimo, porque no es lo que nos ocupa. Sobre todo porque, visto así, lo de ayer más que un motivo de alegría, sería un ejemplo más de los límites que establecen las instituciones. Por ello, esta reflexión la voy a dejar aquí aparcada, aunque escrita.

Lo que ocurrió ayer vino a demostrar, una vez más, que en la desobediencia está el éxito. Hace poco alguien que me está enseñando muchas cosas decía: “La clave está en desobedecer”, y tiene razón. Durante años, los sentimientos y los impulsos desobedecieron a lo establecido. Las niñas se rebelaron ante la pregunta: “¿Qué niño de clase te gusta?”; los chicos dijeron que el color azul no les representaba; y ambos, hombres y mujeres, le sacaron la lengua al hecho de tener que elegir entre enamorarse de unas o de otros, optando simplemente por amar a personas tanto dentro y fuera de la cama; o simplemente dentro, que tampoco es tan grave.

Me resulta triste que lo que quiera que sea “El Poder Judicial” tenga que escribir en un papel que es legal algo que, desde mi punto de vista, excede a su competencia. Me resulta invasivo que alguien se manifieste contra la legalidad de una cuestión tan íntima como los sentimientos que puedas tener por otra persona; me resulta igual de invasivo como juzgar el hecho de que alguien decida rezar por las noches porque cree que así entrará en el reino de los cielos. Sin embargo, poca gente se plantea que casarse es pasar a formar parte de una institución del mismo modo que ser bautizado es entrar a formar parte de otra, con la única diferencia de que, afortunadamente, en este país te casas de forma voluntaria (especifico lo de “en este país” porque hay culturas en las que es una obligación), mientras que cuando te bautizan lo hacen decidiendo por ti. Sin embargo, la decisión de firmar un papel para oficializar una cuestión íntima es la misma, independientemente de quién la tome, porque éste es otro debate.

Por eso, si me preguntan si estoy contenta o no con la decisión de ayer, he de decir que depende. Por una parte me resulta triste porque este fallo implica que todavía alguien tiene en su mano decidir si prevalece el hecho de con quién podemos compartir nuestra vida sobre el hecho de con quién queremos compartirla. Por suerte, el fallo ha sido positivo, pero podría haber sido al revés. Sin embargo, por otra parte estoy muy feliz porque, en el fondo, estamos hablando de sentimientos y por fin, en esta sociedad para lo que “lo legal” es a veces tan importante y otras baladí, hay escrito en algún lugar que todos tenemos derecho a elegir con quien queremos compartir nuestra vida para siempre, o a ratos.

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