Historia Real contra la hipocondría

Una de las cosas positivas de la crisis es la reducción de hipocondríacos que va a efectuarse. En primer lugar, porque no te van a atender en el centro de salud; en segundo, porque no habrá dinero para pagar la conexión de internet y buscar en Google. Un caso severo de hipocondría podría hacerlo en enciclopedias y libros pero con lo mal acostumbrados que estamos, cuando quisiera terminar de encontrar la enfermedad, o se habría muerto o seguiría vivo, por lo que todo habría acabado.

Aunque ahora hablo con este desdén de la hipocondría, igual que hubo una época en la que fui choni, otra en la que fui pija u otra en la que fui monaguilla, también hubo una época en la que fui hipocondríaca. De esta época, aparte de los sustos y los malos ratos, recuerdo muchos momentos que pasarán a mi Top Ten de anécdotas.

Una noche de noviembre de 2004 me fui a la cama alrededor de las 2.00 am. Al tumbarme, la suerte tuvo a bien llevarme la mano hacia el muslo. Me acaricié, y lejos de ser un movimiento con un propósito erótico, que es lo que parece dicho así, fue un movimiento hacia el abismo. Con la yema de los dedos toqué un bulto como un conguito. Empecé a hacer circulitos. Me dolía… Acto seguido empecé a palpar alrededor, descubriendo bultos más anchos pero no tan marcados. Tocándome tocándome, me di cuenta de que parecía una olla de garbanzos.

Seguidamente abrí el portátil, me metí en Google y cinco minutos bastaron para tener un cuadro de cáncer en su recta final. Me dolía la espalda (porque siempre me ha dolido, pero eso lo he comprobado años después), tenía sudores nocturos (en parte porque dormía con un nórdico de Ikea nivel térmico 4 de plumón de pato y no hay quien los aguante) y había adelgazado (lo había hecho pero porque tenía novio nuevo y estábamos en un carnaval día, tarde y noche). Además, parecía que sí, que el bulto se movía, tal y como decía Google que tenía que ser para que fuera fatídico, y dolía. Es más, se había extendido.

Al borde de la asfixia llamé a un taxi y le pedí que me llevara al hospital. Durante el trayecto, la locutora de Hablar por Hablar atendía a un oyente que hablaba sobre un caso de cáncer (esto también es muy común: cuanto tienes un mal rollo, todo se confabula para que todo el mundo hable de ese tema: amigos, desconocidos, Ana Rosa Quintana, los anuncios…). El taxista me preguntó si tenía algún familiar allí, y le dije que no, que me estaba muriendo.

Cuando ingresé, en seguida me atendieron. El doctor me llevó a una sala, le conté lo que me pasaba y empezó a palparme. Él mantenía el silencio mientras a mí se me escapaba una lágrima que caía en la camilla. Llamó a otro médico, que vino a comprobar el bulto, también en silencio. Por la cabeza se me pasaba mi duda eterna: me incineran, me entierran, dono mi cuerpo a la Ciencia… Entró una doctora, ahí estaban los tres tocando mi bulto.

Cuando terminaron de analizarlo, y mientras las lágrimas me brotaban de los ojos como un personaje manga de animé, uno de ellos se dirigió a mí y me dijo: “Laurita, tranquila. No tienes cáncer, tienes celulitis. Te vamos a dar un Diazepam”.

Lo que ocurrió después forma parte de mi intimidad.

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